La bronca

Hoy me vais a perdonar que os cuente algo muy personal, pero es que estoy en una edad muy mala, la verdad es que desde que puedo recordar estoy en esa edad, debe ser que las escritoras somos así de difíciles, o qué sé yo.

Los hechos sucedieron ayer, y no por ello me siento mucho mejor hoy, que no, a lo mejor, puede tal vez. El caso es que estoy hecha un lío. Se me ha ocurrido que quizá me sienta algo mejor al compartirlo contigo, en plan secretillo, llámalo confidencia o como quieras, pero que no se entere nadie, ya  sabes que luego vienen las murmuraciones.

Verás, todo comenzó ayer por mañana… Me levanté de buen humor, con ganas de comerme el mundo porque era un día especial o eso me creía yo. El caso es que cuanto más esfuerzo hace una porque todo salga bien en determinado día peor se pone la cosa, seguro que me entiendes.

Tras la ducha me dispuse a vestirme y fue entonces cuando se complicó todo.

El asunto se me fue de las manos, debo reconocerlo, pero algunas situaciones se descontrolan y luego es complicado hacerse con las riendas otra vez.

Por partes, que ya me estoy adelantando y luego te me vas a quejar porque no te enteras de nada, pero ya me conoces.

Echar la bronca siempre te deja mal cuerpo, y de esto va todo esto, de echar la bronca. Te aseguro que en esta ocasión era más que necesario, yo diría que fue obligatorio porque no se puede consentir que cada cual haga lo que le venga en gana más que nada porque todo siempre tiene consecuencias.

Todo empezó al mirarme en el espejo después de salir de la ducha. Tenía que vestirme para la comida tan especial que tenía ese día con las amigas de siempre.

Antes de la ducha había decidido ponerme un jersey rosa palo de pelo largo estrechísimo, que me favorece un montón y que ellas envidiaban lo que no estaba escrito.

Me vestí delante del espejo, como de costumbre. Ése fue el desencadenante de la descomunal bronca que te había anunciado con antelación.

A mí jersey favorito después de las vacaciones estivales, porque si no te lo había dicho te lo digo ahora, estamos a comienzos de otoño, el estar guardado en el cajón de la cómoda le había sentado fatal. El muy ladino había echado tripa. No mucha, tampoco exageremos, pero la justa para tener que ser devuelto al cajón porque así ni loca lo saco a la calle.

Ni que decir tiene que al jersey no le gustó nada mi actitud, ni tampoco las razones que le di para hacerlo. Como no es de los que aceptan las regañinas así, sin más, antes de que cerrase el cajón se le ocurrió decirme que la culpa no era suya. Tuvo el descaro de recordarme que era la mañana de mi 50 cumpleaños.

No creas que no contraataqué a su insolencia haciéndole ver que en sus dos años de existencia ya empezaba a tener bolas. Empezó a reírse como si aquello le importara poco. Sus risas me molestaron con lo que amenacé con jubilarlo anticipadamente, a lo que me respondió socarronamente sí tenía pensado hacer lo mismo con los pantalones dado que había criado unas horripilantes cartucheras.

Se lió la de San Quintín como puedes imaginarte. Tanto, tanto, tanto, que fui por las tijeras y acabé por destrozarle en mil pedacitos hasta que calló del todo.

Después de la bronca y de ser consciente de lo que había sucedido no tuve ganas de celebrar mi cumpleaños, como bien podrás entender. Cogí el teléfono. Llamé a mis amigas. Cancelé la comida con ellas por mi 50 cumpleaños alegando un inoportuno catarro, incluso puse voz de gangosa. Después me metí en la cama porque tenía que pensar en cómo demonios voy a lidiar con todo esto.

Galiana