Torres con campanario

Mi madre siempre nos decía a mi hermana y a mí que un hombre desnudo no era nada sexy. Nosotras, en plena adolescencia, le comentábamos con malicia sobre lo ridículos que se ven cuando se quedan solo con los calcetines, y lo interesante que era llegar hasta ahí.

Pasión, adolescencia y hombres desnudos en la misma frase hacia que mi madre se descompusiera. No llegaba a darnos su aprobación, pero entendía que tampoco podía ponerle puertas al campo.

Para abordar mejor la cuestión recurrió a nuestra tía, bastante más joven que ella, apenas ocho años mayor que mi hermana, y que se había criado con nosotras al faltar nuestra abuela hacía años.

Ella muy pía. De las de misa de domingo y fiestas de guardar; no hay procesión que se pierda, imparte catequesis a los niños de la parroquia cada jueves.

Soltera, ¡Dios la guarde! Nunca se le ha conocido novio. Presume de ser virgen, lo cual yo nunca me he creído, pero si ella es feliz diciendo que es así tampoco hay que contradecirla.

Tiene una teoría sobre los hombres y las torres de las iglesias con campanario. Según la misma hay que observar las mismas desde la acera de enfrente con detenimiento. Apreciar bien las dimensiones, los posibles defectos e imperfecciones externas que puedan tener. Una vez pasada esta fase, y siempre que el exterior nos convenza, toca entrar sin más. Para subir a lo alto de la torre hay que hacerlo sin pedir permiso y, muy importante, sin que nadie te vea, eso es fundamental. Lo primordial es que, pase lo que pase, nunca jamás hay que hacer alarde de ello. Ya en lo alto del campanario mirar con detenimiento la campana, sobarla cuanto quieras, tomándote tu tiempo, sin dejar ninguna parte de la misma sin manosear, para a continuación tocar el badajo.

Reconozco que al principio mi hermana y yo me entendíamos muy bien su teoría, es lo que tiene cuando todavía la inocencia lo ocupa todo.

Todo iba perfecto con mi tía y su teoría de torres con campanario hasta que mi hermana un día le preguntó:

—Tía, cuando tocas el badajo todo el mundo escuchará en el pueblo que la campana ha tocado a deshoras…

Mi tía interrumpió y le dijo:

—¿Qué te he dicho de no hacer alarde? Nadie te ha visto subir al campanario, porque te has asegurado que así sea. Todos jurarán que te vieron en misa, porque tú habrás hecho lo imposible para tener testigos que te sitúen en la primera fila de los bancos lo más próxima al altar. De este modo siempre habrá quien diga que el monaguillo se equivocó de hora. Recuerda, siempre discreción, eso te ayudará a mantener limpia la honra.

Así fue como mi hermana y yo aprendimos, gracias a los consejos de mi tía, a desnudar a los hombres.

Galiana