Síndrome de abstinencia

Apenas han pasado 24 horas desde que me separé de mi pluma y de mi cuaderno y empecé a sentir como si me faltara el aire. Lo que los toxicómanos llaman el síndrome de abstinencia.

¿Cómo superar el mono? Como hacen ellos, consumiendo una nueva dosis.

Entré en la primera papelería que vi abierta. Compré la pluma que me despacharon. La dependienta puso cara de esta tía está como las maracas de Machín cuando le pedí cartuchos de tinta roja o verde, pero como esa expresión ya me la conozco me importó un carajo. Tal era la ansiedad que sentía que adquirí los azules, por una vez podía saltarme una de mis manías. El cuaderno tenía unas tapas horribles, el papel era bastísimo, pero si a mí me servía para escribir lo demás no era importante en ese momento.

Salí de allí como si me hubiera metido un chute de heroína de la más pura.

Me senté en el primer banco de la acera que encontré. Y me puse a escribir el siguiente relato:

‹‹Anoche mientras dormía ellas habían intentado asesinarme. Jamás imaginé que se unieran en mi contra, pero me lo tenía merecido porque yo las había traicionado. Les había vuelto la espalda sin que ellas me hubieran hecho nada. Francamente, me merecía que hubieran querido quitarme de en medio. La verdad es que no lograron su objetivo porque su intención nunca fue esa, sólo querían asustarme, a fe que lo lograron.

Esta mañana temprano, cuando apenas había amanecido, salí de casa. Corrí por el parque de las Siete Tetas, como si estuviera haciendo running cuando mi pretensión en lugar de hacer ejercicio físico era dejar pasar el tiempo. Necesitaba que dieran las nueve. Que abriera el centro comercial para comprar una pluma, cartuchos con tinta roja o verde y un cuaderno.

Allí no había plumas. ¡No podía ser, un centro comercial con tanto  renombre y no tenían una miserable pluma!

La ansiedad me invadía por completo.

Salí a la calle en busca de una papelería.

Recorrí la avenida de la Albufera en dirección Puente de Vallecas. Mi mente me hacía recordar que había un par de librerías. La primera que me salió al paso no abría hasta las 9:30, aún faltaban 30 minutos. Seguí caminando porque no podía esperar. Acera arriba, acera abajo, por la dichosa avenida. La primera papelería que abriera sería la afortunada. El cierre de una de ellas se levantó puntual a la hora establecida. Entré. Adquirí lo que necesitaba para parar mi ansiedad.

Escribí, sentada en un banco de la misma acera este relato para poder volver a casa y que las musas me perdonasen.››

Ahora comprendo que nunca dejaré de ser escritora, porque escribir para mí es una droga y no, no estoy dispuesta a pasar por otro síndrome de abstinencia.

Galiana