Agencia de parejas

Empleada de banca privada con 52 años y prejubilada. Una no puede quedarse en su casa viendo el tiempo pasar, sobre todo cuando tu marido ha sido víctima de un ERE del que no ha salido económicamente tan bien como esperaba.

Estar ambos en casa mano sobre mano no es bueno para ninguno de los dos.

Decidimos montar una agencia de parejas. Lo hicimos sobre todo para no tirarnos entre nosotros los trastos a la cabeza, demasiado tiempo juntos bajo del mismo techo sin nada que hacer.

A nuestras respectivas familias no les gustó nada la idea. No entendían el tipo de negocio, nos echaban en cara la cantidad de dinero que íbamos a invertir en una empresa a la que no le veían futuro en vez de hacerlos en el sector inmobiliario que es más seguro. El único que nos apoyó fue mi padre.

Nuestra agencia pone en contacto caballeros con señoritas que buscan pareja. Ellos ingresan su perfil abonando una cuota de 6.000 euros. Para esto vienen muy bien los clientes que mi padre y yo conocemos de cuando trabajábamos en banca privada. Las mujeres no tienen que pagar por ingresar su perfil, se les exige estudios universitarios y hablar al menos dos idiomas; ellas están invitadas por los caballeros a la primera cena, lo que suceda después ya es cosa de ellos. Normalmente si forman pareja se dan de baja en nuestra agencia, eso no suele suceder en la primera cita ni tampoco con la primera persona que quedan.

Para emparejar a las personas se analizan los perfiles. Yo tengo una videollamada con el caballero y mi marido con la señorita para cerciorarnos que todo está en orden. Una vez pasan ese trámite se concierta la cita.

Durante la pandemia el negocio flojeó, como todos, los caballeros quieren citas físicas, las señoritas también.

Nada más terminar el confinamiento nos entró el perfil de cierto caballero de unos 80 años. Solicitaba una señorita con estudios universitarios, políglota, modelo de pasarela, con movilidad geográfica por todo el mundo y que no sobrepasara la treintena.

Al caballero le contestamos que en la agencia disponíamos de un par de candidatas pero que al ser la diferencia de edad tan elevada iba ser complicado, aún así lo intentaríamos.

Como siempre seguí el procedimiento realizando la videollamada.

El caballero se encontrada postrado en una cama de su domicilio conectado a un respirador, la COVID le había provocado aquella situación. En su perfil no mencionaba nada de su delicado estado de salud. Le comenté que en aquellas condiciones no podía asistir a cenar con ninguna señorita. Alegó que no tenía intención alguna de hacerlo, que tampoco deseaba mantener una relación sentimental, de amistad, ni de ningún tipo, simplemente quería que ella viajase en su jet privado donde quisiera ir.

Le informé que no nos dedicábamos a ese tipo de actividad, nosotros emparejamos personas. Durante el resto del día ofreció dos e incluso tres veces el coste de ingreso de su perfil lo cual incrementó mi idea de que el caballero estaba en el lugar equivocado.

Mi marido estuvo de acuerdo en la decisión que tomé al rechazarle como cliente.

Al comentarle este tema a mi padre nos dijo que éramos unos puritanos que no sabíamos llevar el negocio, por lo visto el caballero era un antiguo cliente suyo. Mi marido le respondió:

—Suegro, creo que no has entendido lo que es una agencia de parejas.

Galiana