Una dama

 

Nos conocimos en una App de contactos unos días antes del confinamiento por la pandemia. Durante el mismo mantuvimos videollamadas porque ambos apostamos por conocernos durante ese tiempo y esperar a ver qué sucedía.

Llegó el gran día. Una cena para dos en un restaurante normal, ninguno quisimos que aquello fuera algo grande, no estamos en esa edad como para pensar que hay que hacer una fiesta por quedar con otra persona.

La velada tranquila, conversación amena. Ella impresionante, con aquel vestido discreto, acorde con el lugar en el que estábamos. Sus ademanes sencillos y elegantes. Mientras hablaba dulce y pausado yo miraba y escuchaba su conversación pensando si ella siempre había pertenecido a ese lugar por la perfección en la elección de la mesa al sentarnos, al elegir el menú, aunque no daba muestras de haber estado allí en ningún momento. Todo era perfecto en ella, de vivir mi abuela la hubiera catalogado como una dama. Sus cosas pensé.

A la hora de los postres me puse algo nervioso. En ningún momento ella dio la sensación de que aquella noche podría terminar en casa de alguno de los dos y yo la deseaba pero no veía la oportunidad. Miraba mi mano sobre la mesa, cerca de la suya tal vez si la rozase podría… Pero yo era el perfecto idiota incapaz de atreverse a dar el paso por miedo a ofenderla.

Salimos del local una vez que como buen caballero hube pagado la cuenta. Y fue ahí donde le cogí la mano. Ella siguió el juego. En ese momento pensé que todo iba bien, la invitaría a tomar una última copa y después, si acaso, llamaría un taxi para que nos llevara a casa o incluso un hotel.

No sé muy bien cómo lo hizo pero de repente me vi contra la pared en aquel callejón. Ella había puesto una de sus manos contra mi garganta y la otra en mi bragueta.

—En la cena te he demostrado que soy una dama, pero ahora es el tiempo de ser una puta. Yo decido cuando soy una cosa y cuando la otra. ¿Estás dispuesto?— Me lanzó la pregunta mientras apretaba mi cuello y mi entrepierna.

Miré sus ojos, no se parecían en nada a los que había observado en la mesa del restaurante, eran infinitamente mejores. Me avine a sus órdenes besando su boca con toda la furia de la que fui capaz. Ella, sin soltarme, me dijo que llamara un taxi y fuimos a su casa.

Y aquí continúo desde no recuerdo cuando.

Galiana