El pecado

La otra tarde se acercó hasta el confesionario un hombre cuya voz denotaba en su tono cierta madurez.

—Padre, nunca me he confesado porque nunca he sabido qué es realmente un pecado. Me gustaría que usted me lo definiera, y así, tal vez, yo pudiera saber si tengo algo que confesar.

Le pedí, si le parecía más oportuno, que en lugar de hablar a través de la celosía del confesionario lo hiciéramos sentados en uno de los bancos de la iglesia. Así lo hicimos.

Como yo bien había imaginado por el tono de su voz no aparentaba tener más de cincuenta y cinco. No le pregunté su nombre, no me pareció importante. Fue educado y cortés. Me pareció un hombre tranquilo, pausado, de movimientos coordinados, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Un pecado —traté de explicarle —a mi modesto entender, es toda aquella acción innecesaria que realizamos contra otra persona de manera consciente, a sabiendas que estamos hiriéndola de algún modo.

Permaneció en silencio, reflexionando sobre mi respuesta. Yo no quise intervenir, esperé pacientemente sentado a su lado la respuesta casi un cuarto de hora.

—Según usted —respondió sin levantar los ojos del suelo —toda aquella acción necesaria y consciente aunque sea hiriente realizada contra otro no sería pecado. Lo cual me lleva a plantearle una nueva cuestión: si la acción innecesaria, consciente e hiriente fuera contra uno mismo ciertamente no sería pecado, tan sólo sería una estupidez que por lo tanto no debería ser objeto de confesión.

Acto seguido, sin que me diera tiempo a reaccionar se levantó rápidamente y se marchó sin esperar mi respuesta.

Galiana