En la azotea

 Subí a la azotea del edificio por un cúmulo de casualidades. Estaba segura de haber apretado el botón del ascensor de mi piso, el que pone número cinco, pero las puertas se abrieron en el doceavo.

   Salí convencida que era mi rellano y no fue hasta intentar abrir la puerta y fijarme en que el felpudo no era el mío cuando caí en mi error. Volví sobre mis pasos, los ascensores tardaban una eternidad lo que me llevó a bajar por la escalera. Al salir me di cuenta que la puerta que comunica con la azotea del edificio estaba abierta. Normalmente no es así, siempre está cerrada y, es más, los vecinos tenemos prohibido subir a la misma. Me colé, sí.

   Una vez allí, por primera vez me percaté que el día era soleado, algo extraño porque había estado casi toda la mañana en la calle y no había notado los rayos del sol.

   En la azotea hay un muro, este hace las veces de pretil, o mejor dicho de quitamiedos porque su altura apenas llega a la cintura de una persona de estatura media tirando a bajita como yo.

   Ahí me encontraba. Asomada, observando la ciudad con aquellos edificios tan altos junto a otros mucho más pequeños. Todo se me antojó increíblemente ridículo y a la vez majestuoso.

   Por alguna extraña razón que en ese momento no comprendí decidí encaramarme al muro. Una locura llevada a cabo sin razonamiento alguno, tan sólo me dejé llevar.

   Al principio sólo pasé una pierna hacia fuera, al abismo, la otra la dejé dentro. Como una colegiala fui avanzando a caballo así por el antepecho. Y sí, en un momento dado creyéndome un equilibrista me puse de pie sobre el mismo.

   Miré hacia abajo, el vértigo era infinito. Equilibré mi cuerpo con los brazos para no vencer a la gravedad. La tentación de saltar al abismo fue apabullante a la par que desbordante.

   El sonido de mi teléfono hizo que me desequilibrase unos segundos, fui lo bastante ágil para sentarme con el pretil entre las piernas evitando caer al abismo.

   Al otro lado del teléfono una voz llorosa, la de una persona que yo conocía muy bien, me estaba pidiendo ayuda. Habían encontrado el cuerpo sin vida de una amiga común, ella había sido la primera persona en recibir el aviso y necesitaba de mí.

  Mientras mi voz le decía:

   —Ahora voy.

   Y mi cuerpo se bajaba del pretil mi mente se preguntaba:

   — ¿Ayuda?

   Entonces comprendí por qué había estado sobre el murete de la azotea de mi edificio de doce plantas jugando con el abismo. Llegar allí había sido una casualidad. Aprovechar la puerta abierta una decisión tomada tras conocer por boca de mi médico que tengo cáncer de garganta y que, pase lo que pase, no volveré a trabajar porque soy locutora de radio.

   He salido por el portal de casa y parado un taxi. Le he dado la dirección donde se encuentra mi amiga. Sólo sé que necesito estar con ella para ayudarla.

Galiana