Vuelo transoceánico

Los escritores tenemos fama de escribir con lo que sea, sobre lo que sea y donde sea. En nuestro descargo debo decir que esa fama es justificada no, justificadísima, porque es totalmente cierta.

El motivo por qué nos sucede esto es bastante sencillo, gran parte de nuestra vida nos la pasamos viajando. ¡En mantillas dejamos el baúl de La Piquer! Tanto viaje es incompatible con el reloj. El tiempo, el dichoso tiempo se nos echa encima siempre, y ahí está nuestro editor, señalando la fecha de entrega y metiéndonos prisa siempre.

La cuestión es que los tiempos, gracias a los avances tecnólogicos en los transportes, se han acortado mucho en cuanto a la duración de los trayectos. Menos tiempos in itinere, perfecto, pero las medidas de seguridad se han incrementado de manera exponencial gracias al terrorismo, con lo que nos lo han complicado todo.

Resumiendo, que luego me alargo demasiado, en un vuelo transoceánico los portátiles, las tablet y demás cosas que tengan baterías está prohibido tenerlas en cabina. Papel todo el del mundo. Entonces ¿volvemos a escribir como siempre se ha hecho?, pues va a ser que no. Objetos punzantes como plumas, bolígrafos o lapiceros con puntas afiladas ni sueñes que te los dejen subir como equipaje de mano. Por lo visto este tipo de objetos sirve para amenazar a auxiliares de vuelo o tomar como rehenes a pasajeros en un posible secuestro del avión.

Doce horas en la vida de un escritor perdidas a las que luego añade el jet lag y el cambio de comidas que eso luego siempre produce, al menos a mí, un mal funcionamiento intestinal brutal, y el mismo proceso al regreso. ¿Dos días de trabajo perdidos? Una adicta al trabajo no es, pero esos dos días pago impuestos como si los ganase, así que hay que darle al ingenio para trabajar un poquito.

¿Cómo solventar la cuestión de escribir sin ser expulsada del avión? Sencillo, utilizando algo que todas las mujeres llevamos en el bolso y que nadie nos va a requisar al pasar el control, un lápiz de ojos.

Por muy afilado que esté, por mucho que se lo pongas al cuello a un auxiliar de vuelo, lo más que vas a conseguir es que se cachondeen de ti en alguna red social si a alguien le da por hacer un vídeo. El lápiz de ojos para escribir sobre una hoja de papel de acuarela sirve. No vas a hacer una letra de caligrafía, pero como de lo que se trata es de no perder horas de trabajo o por lo menos de compensar las que vas a pagar de impuestos, que sí que los escritores pagamos como el resto de las profesiones todos los días del año, sales del apuro y listo.

Una vez despegamos saqué mi mesita, mi cuaderno de papel para acuarela, mi lápiz de ojos de punta fina, mi afilador de lápiz de ojos, y me puse a la tarea.

Mire fijamente el papel. Entre tú y yo, herramientas las tenía todas, incluido el tiempo y la imaginación, por tener hasta tenía un mirón.

Mi compañero de asiento era un tipo de esos gordos. No me estoy metiendo con las personas que pesan un poco más de la cuenta, líbreme Dios de hacer tal cosa, que cada cual tenga el peso que le parezca tener y, aunque este señor en cuestión debería haber pagado billete y medio porque ocupaba asiento y medio, es decir, el suyo y un cachito del mío, lo que me molestaba de él no es que me tuviera permanentemente empotrada contra la ventanilla, lo que me sacaba de mis casillas es que no hiciera más que mirar lo que yo estaba escribiendo. Para que nos entendamos, su gordura me la traía al pairo, pero su curiosidad me estaba jodiendo.

Tanto  que trascurridas tres horas de tener que soportar su barbilla apoyada en mi hombro, y después de haber hecho infructuosos intentos disimulados para que me dejara tranquila, afilé el lápiz de ojos lo más que pude, se lo puse en la garganta y le espeté con voz de mafiosa:

—Llame al auxiliar del vuelo y le pide que le cambie de asiento. Haga que la excusa sea creíble o va a desangrarse como un cerdo en su asiento antes de llegar a destino.

Cinco minutos después el tipo gordo dejo de curiosear mi escrito y fue acomodado en otro asiento. A mí nadie me dijo absolutamente nada. Yo terminé de escribir mi relato antes del aterrizaje.

Por cierto, el viaje fue para disfrutar de unas vacaciones, porque, sí, los escritores también nos vamos de vacaciones, que no todo es trabajar y trabajar.

Galiana