Se busca desenlace

 

Algunos colegas de profesión imparten talleres de escritura para sacarse algún dinero, no seré yo quien critique esto, las facturas hay que pagarlas.

Lo que ya no me parece tan maravilloso es que lo hacen sentando cátedra, son así de exóticos, se creen por encima de todos. En sus clases dictan unas normas a una legión de pupilos que asienten cuanto dicen, a la par que les adoran sin pararse a pensar si aquello tiene pies o cabeza.

Desde mi humildad y modestia siento contradeciros, estimados colegas, pero no estoy en consonancia con todo lo que predicáis a pesar de reconocer que sois los que más libros vendéis y por lo tanto la gente os considera eminencias.

Una de las cosas que más me llama la atención de vuestros cursos es cómo definís un relato. Evidentemente, sois muy académicos y para vosotros simplemente es una historia que cuenta un hecho. Nada que objetar a la definición. También identificáis historia con trama, coincido con vosotros.

Es a partir de aquí donde aparecen mis pequeñas desavenencias.

Según vosotros, gurús de la literatura, la trama debe tener un planteamiento, algo totalmente lógico; un nudo, ya mi cara hace una pequeña mueca porque hay relatos muy filosóficos; y un desenlace y aquí es donde colegas os preguntó ¿qué hacemos con los finales abiertos, aquellos donde el lector probablemente resuelva de un modo muy diferente al imaginado por el autor?

Yo no soy nadie para deciros cómo debéis dar vuestras clases, pero creo que en literatura nadie puede sentar cátedra de forma tan categórica.

Galiana