Nueva normalidad

Instaurada la pandemia en nuestras vidas no son pocos quienes hacen balance de lo vivido. Tú siempre has sido muy de melodramas, así que no ibas a escapar a esta gilipollez.

Ahí es donde entro yo por el mero hecho de haber formado durante algún tiempo parte de tu vida.

Decidiste, de forma unilateral, como todo lo que haces, llamar a mi puerta en forma de mensaje de WhatsApp. Muy original no eres aunque te creas lo contrario.

Acepté quedar a tomar un café contigo, después de años sin saber de ti. ¿La razón? La misma que nos une a todos estos días, una excusa para atrevernos a salir de casa tras el confinamiento que, lo reconozcamos o no, nos ha alterado a todos nuestra rutina.

La conversación entre tú y yo frente al café fue cordial, contigo todo siempre es así. Podría decirse que nos comportamos como un par de amigos que llevan tiempo sin verse, a decir verdad el termino amistad está sobredimensionado desde que Facebook forma parte de nuestra vida. Nos despedimos sin esa ridiculez que se ha impuesto ahora de rozar los codos, tampoco lo hicimos cuando nos vimos, respetaste que no soy de las que siguen las pautas absurdas, y esta lo es y mucho.

Al llegar a casa le comenté a mi pareja donde y con quien había pasado parte de la tarde. Se sorprendió por lo inesperado, pero como ahora está tan de moda quedar con las exparejas dentro de lo que llaman la nueva normalidad, y tú eres tan de seguir las pautas, le hizo hasta gracia. No entendió muy bien mis motivos para acudir a la cita, cuando le dije que yo tampoco y nos echamos unas risas. Son tiempos raros.

Cenamos y nos sentamos en el sofá para ver el capítulo correspondiente de una de nuestras series policíacas que tanto nos gustan de Netflix.

A esas horas mi teléfono suele estar en modo vibrador, no me importa nada lo que ocurra en el mundo. Eso no quita que cuando vibra miro por si es algo importante.

Se iluminó un mensaje de WhatsApp, tú.

—Hazme el amor cómo solías.

Miré la frase. Giré la cabeza y clavé los ojos muy abiertos en la pantalla del televisor.

Recordé aquellos mensajes de voz susurrante que te enviaba cuando estabas asistiendo a uno de tus congresos. Cómo me escribías que los escuchabas por los auriculares, y como te levantabas con la americana en la mano para intentar esconder lo imposible de ocultar mientras buscabas el baño más cercano. Allí te asegurabas que nadie podría escuchar lo que a continuación iría a decirte más directamente. Encerrado en un aseo. Me llamabas al fono y mi voz te llevaba hasta donde yo quería y como yo quería.

Aquella sordidez del baño público mezclada con mi voz obligándote a desnudarte para después acariciarte el sexo hasta que te corrías en mitad de tus obligaciones laborales era terriblemente excitante.

—¿Te pasa algo?— La voz de mi compañero me sacó de aquel recuerdo tan lejano en el tiempo.

—¿Por?— le respondí tratando de no parecer estar en otro sitio.

—¿No has dicho nada del asesinato tan brutal que acaba de cometer el comisario?

—Ha sido una pasada— le mentí.

El móvil volvió a vibrar, de nuevo un mensaje tuyo

—Hazlo de nuevo, lo necesito.

Borré la conversación. Miré a mi compañero, le arranqué con fuerza la camiseta del pijama. Después, y mientras lo llevaba sujeto por la entrepierna a la cama, me dijo:

—Siempre te ha puesto burra que los buenos comentan asesinatos.

Galiana