El bosque

Llegó el momento de sentir las mariposas revoloteando en el estómago y, cómo me había dicho mi madre, hice que durase el mayor tiempo posible disfrutando cada instante de ello.

No sé en qué momento todo aquello desapareció, la belleza del color dio paso a una guerra fría que se instaló sin cuartel en el corazón sin que nadie la invitase a quedarse y, lo que era peor, sin hacer la más mínima intención de marcharse.

Tras aquel invierno que se me antojó como una glaciación sin sentido y fuera de toda racionalidad se inició una tormenta huracanada llena de sonidos atronadores. Los rayos lo quemaron todo, porque así debía ser, y solo después del gran incendio se produjo la ansiada calma.

Fue entonces cuando el cielo se cubrió con pájaros negros que revoloteaban entre los árboles desprovistos de hojas. Allí anidaron hasta cubrirlo todo del color de sus alas.

No, no me preguntes si volví a sentir mariposas en el estómago porque el bosque desde aquello no volvió jamás a sentir lo mismo.

Galiana