Dudas

Dudar sobre la verdad que se encierra en unos ojos nunca me ha traído nada bueno. Siempre he pensado que el alma de las personas está en su mirada, quizá por eso tengo tendencia a huir de las personas desalmadas.

Titubear ante lo que me dicen unos ojos me lleva a un choque emocional complicado del que me resulta difícil salir. Tan en un laberinto me lleva a sentirme que reacciono mal, y en lugar de enfrentarlo me da por ocultárselo a la persona que me provoca la turbación, con lo que es fácil imaginar el desastre final al tratar de despejar la incógnita de la ecuación.

Mi gran problema es que no destaco precisamente por ser adicta a la mentira con lo que la solución al galimatías de tener frente a mí una mirada sobre la que dudo acaba contagiando a la mía en el momento más inoportuno, y lo que daría por saber cuándo se producirá éste.

¿Puede existir algo peor que dudar de un beso? Es una pregunta que mejor no plantearse. En el hipotético caso de hacerlo la respuesta es harto complicada. La cuestión no está en cómo es ese ósculo, sino en quien es la persona que nos lo regala. A besar nadie obliga, pero dar besos porque sí, sin que a uno le apetezca, es de miserables. No poner al hacerlo todo lo que se debe poner es convertir algo bello en una mezquindad, y el mundo ya tiene suficientes cicaterías como para aportar otra más.

Dejemos las canalladas a un lado y sigamos con los besos y las dudas respecto de los mismos. Besar como mecanismo tras el que parapetarse de las dudas que nos genera el beso recibido es entrar en el juego de los labios gélidos, aceptar ser el concursante perfecto para resistir desnudo en un iglú. ¿Se puede llamar beso a dos labios que se juntan sin pasión alguna?

Interrogantes muchos, tantos que me llevan a conjugar el verbo dudar con una frecuencia inusitada, y creo que se me está yendo de las manos.

Estoy en esa fase en la que he empezado a dudar de los sueños propios, e incluso de los que se comparten en algún momento con otra persona. Cuando sucede lo primero tiendo a desestabilizarme; si los derroteros se inclinan más por los segundos, y lo sé por propia experiencia, termino siendo “carne” del diván del psiquiatra y, a poquito que me descuide, la camisa de fuerza durante un tiempo pasa a formar parte de mi vestuario diario.

Debo estar desvariando porque entre tanta duda lo único que se me ocurre es reírme. Con esa risa absurda y tonta que todos tenemos cuando llegamos a un punto de nuestra vida en el que da lo mismo lo que suceda porque la única manera de salir del desastre es sonriendo sin más. La cuestión es que mi risa es producto de las dudas que tengo sobre aquellas que se han tornado, por arte de magia, de sinceras en falsas e hipócritas. No entiendo a qué se debe, pero ahí están, producto de no sé muy bien qué, haciendo que la ilusión desparezca porque al mago se le ha visto el truco que nunca se le debió ver, o quizá su intención fue siempre que se le viera.

Los misterios que albergan las dudas siempre serán muchos y muy variopintos. Se puede dudar de todo, de la nada, e incluso de los recuerdos. Los neurólogos avalan la teoría sobre los beneficios que nos lleva el tener una mente capaz de transformar los recuerdos que nos provocan algún tipo de dolor en situaciones menos lesivas para nuestras vidas. El problema surge cuando llegado el momento no somos capaces de diferenciar lo que un día fue real de aquello que hemos ido modificando para hacernos sentir mejor. Llegados a ese punto solemos perdonar todo aquello que nunca debe ser perdonado, a olvidar lo que debimos marcar a fuego, con lo que al final nos convertimos en peleles de nosotros mismos.

Puestos a dudar será mejor que deje las cosas claras. Es tiempo de ir aclarando el panorama, al menos en lo que a mí respecta. Voy a dejarme de frase hechas, de comparaciones más o menos acertadas.

Será mejor que vaya confesando que desde hace tiempo dudo sobre el sentido de mi vida a tu lado. He llegado a esta conclusión porque tu mirada ya no es la que era. Eso ha ido generando recelos, uno tras otro, que puede sean ciertos o tan solo producto de una situación que me sobrepasa con creces. Me siento incapaz de llegar a una conclusión, con lo que he decidido reservarte a ti el honor de hacerlo, si es que no te causa mucha molestia.

Por seguir limpiando el aire viciado que nos rodea toca comparar la frialdad que encuentro en tus ojos con la de tus besos. ¿Dónde ha quedado la pasión o la ternura que se desprendía de tu boca? He supuesto tantas y tantas cosas, cada una más insospechada, más ilógica, más descorazonadora, más… Solo hay una manera de despejar la incógnita y está en tus labios, que te apetezca hacerlo es una decisión que te compete solamente a ti, pero rapidito que el tiempo apremia.

Me urge que reconozcas que tienes unos ojos que no miran, una boca que no besa, y unos sueños que se han ido por el sumidero. Soy consciente que hubo alguna vez que tuvimos sueños conjuntos, no sé en qué momento de nuestras vidas se transformaron en los tuyos y en los míos. Tras algún que otro cabezazo contra la pared he llegado a la conclusión que soñamos en la misma cama, pero no juntos.

Tan lejanos en el tiempo son los sueños que alguna vez tuvimos como tu risa. Esa risa que llenaba la casa iluminándolo todo, y simplemente ya no está, ha desaparecido. Se debió ir por la ventana el verano pasado, o tal vez se congeló durante el invierno, no lo sé, lo único cierto es que ya no está. ¿Estás interesado en hacerla regresar?

En toda esta perorata sobre mis muchas dudas, me queda una más.

Dudo acerca de nuestros recuerdos, sobre todo de los que parecían imborrables. Quiero creer que las llamadas a media noche eran temas de trabajo, pero el recuerdo del dolor que me producían las llamadas o las excusas por llegar tarde a casa sigue ahí. ¿Crees que podré no recordarlo, o simplemente no quiero hacerlo?

Siempre he sabido cómo combatir el tener que vivir en un mar de dudas, de hecho, siempre has dicho que es mi estado natural. No es por aguarte la fiesta, pero creo que va siendo hora que aprendas como funciona esto de tener dudas.

Mírame a los ojos y duda de mi mirada hasta que el dolor sea insoportable, de que el beso que te doy sea sincero y no lo haga pensando en la boca de otra persona. Duda sobre la posibilidad de seguir formando parte de mis sueños, de la naturalidad de mi sonrisa. Sobre todo, alberga dudas acerca de si esto es una despedida, o un recuerdo que se irá al chasquear los dedos.

Galiana