Lleno, por favor

Nadie entendió en mi familia que de la noche a la mañana decidiera obtener el permiso de conducir y adquirir un automóvil. Desde que tenía dieciocho años primero mis padres y hermanos, después mi mujer, alguno de mis amigos, y, cómo no, alguno de mis compañeros de trabajo siempre habían insistido en que así lo hiciera, yo me negaba, hasta el día que tuve lo que yo bauticé como la mayor de mis epifanías.

Sucedió cuando yo rondaba la treintena. Mi compañero de trabajo y yo teníamos que asistir a un simposium de forma urgente. No había un tren que nos llevara así que tuvimos que ir en su coche. Paró en una gasolinera porque necesitaba asearse y me dejó encargado de llenar el depósito del automóvil. Yo nunca había hecho aquello, así que desconocía por completo cómo hacerlo. Mi compañero me dijo que no me preocupara que el empleado de la gasolinera lo haría todo, sólo tenía que decirle el tipo de combustible y pagarle lo que marcará el surtidor.

Estacionó el vehículo. Se bajó del coche, me dio las llaves para que abriera el depósito y se fue en dirección a los aseos.

Enseguida apareció un tipo enorme, de poco más de 20 años, con su correa de cuero a la cintura. Me preguntó con desparpajo…

—¿Se lo lleno?

Me quedé mirándole de arriba abajo sin saber qué decir con las llaves en la mano, olvidando por completo lo que tenía que hacer.

El tipo me arrebató las llaves de la mano con brusquedad. Abrió el depósito. Me miró y dijo:

—¿Súper o diesel?

Entré balbuceos logré recordar el combustible que usaba el automóvil de mi compañero. Mientras, veía cómo el empleado de la gasolinera cogía con sus poderosas manos la manguera y la colocaba, con tremenda rudeza, en el depósito del coche. El hombre me miró como jamás nadie me había mirado. Sólo podía escuchar el bombeo acelerado de mi cuerpo mezclado con el sonido que producía el carburante al caer en el interior del vehículo lo cual me llevó a un éxtasis que ni Teresa de Jesús.

Apenas puede articular palabra cuando me cobró el precio, todavía en pesetas, que pagué de mi bolsillo y no del dinero que me había dejado mi compañero de trabajo.

De aquello han pasado algunos años. Hoy he tomado la decisión de no renovar el permiso de conducir. Lo he hecho porque en las gasolineras ya no hay empleados que te llenen el depósito. Ninguna máquina, por mucha voz de hombre que tenga, me hará temblar cuando diga…

—¿Se lo lleno?

Galiana