La maldición del 27

El relato que estás a punto de leer es de ésos que son difíciles de catalogar. Intentaré usar frases cortas, sujeto y verbo como en un telegrama porque los complementos directos o indirectos hacen que la trama se disperse y yo tengo tendencia natural a hacerlo.

Empezamos…

Una mujer duerme junto a un hombre en un sofá cama de caña desde donde se ve un cielo estrellado, en la terraza, único sitio donde pueden conciliar el sueño porque el interior de la casa es un horno.

La pareja duerme en la azotea del piso doce. Para ser más exactos en el ático. Los edificios colindantes son más bajos y nadie puede verles. Podrían estar desnudos pero no. Ella lleva una camiseta de tirantes con la silueta serigrafiada de Amy Winehouse.

¿Por qué he elegido esta cantante? Tal vez porque es de la edad que tiene la protagonista, 27 años; tal vez porque el 27 es el número de la calle donde duerme nuestra pareja; puede que la compositora británica sea la preferida del hombre y le haya prestado la camiseta para dormir; o sencillamente porque como yo escribo el relato elijo la cantante que me da la gana.

Sabemos que ella tiene 27 años, pero ¿y él? ¿Qué sabemos de él?

Él solo lleva gayumbos, como la inmensa mayoría de los tipos que conozco cuando aprieta la canícula. Es de complexión fuerte, manos grandes, rudas. Las uñas limpias, pero renegridas con esa suciedad que ya no sale. Trabaja como mecánico en un taller frente a su casa.

La relación entre los dos es sentimental, no hay lugar a dudas por el modo en como la abraza mientras yacen.

Un momento, algo no encaja. ¿Dónde se ha visto un mecánico viviendo en un ático con terraza acristalada?

Volvamos al inicio para centrarnos, falta nos hace después de avanzar demasiado de un tirón.

Una pareja duerme en una terraza acristalada de un ático en un doceavo piso porque en el interior de la vivienda de 50 m² hace un calor insoportable.

El edificio es un mastodonte construido en los años 70 en el extrarradio. El mecánico que duerme en calzoncillos junto a su novia en camiseta todavía está pagando la hipoteca del ático.

Saliendo del ascensor hay tres puertas, una metálica que da a una azotea donde están esas maquinarias de los grandes edificios que por ley tienen que estar al exterior, una segunda puerta de madera que hasta un niño podría derribar de una simple patada, y una acorazada que es donde vive nuestro protagonista.

Si has pensado que ella vive con él te equivocas. Lo hace tres calles más arriba en un bajo cuyo alquiler cuesta casi la mitad de su sueldo.

¿Cómo un mecánico acristala una terraza de 100 m² con un miserable sueldo? Ella paga su propio alquiler y tampoco está para dispendios, y el tipo te puedo jurar que no trafica con nada, es legal.

Ella es camarera de una hamburguesería desde que cumplió los dieciséis. Con eso no se pagan acristalamientos de terrazas de 100 m² con suelo imitando césped, barbacoa de obra, ni el estúpido sofá donde duermen cuando hace excesivo calor.

¿Me vas siguiendo o necesitas que vuelva al punto de partida?

Repetimos.

Una pareja duerme en la terraza de un ático en un bloque construido en los años 70 en el extrarradio, en un sofá cama bajo la ventana del salón, junto a la que, antes de acondicionar la terraza, había una puerta de madera que nunca se abrió, no hizo falta. Tras la reforma la disimularon con una planta trepadora.

Sabemos que el tipo es mecánico y ella camarera. Se conocieron del modo más evidente, él fue a tomarse una hamburguesa y se quedó mirando el escote de aquella chiquilla que tenía dieciséis años pero… ¡Vaya dieciséis! Volvió a buscarla cuando ella acabó el turno. Ella perdió la virginidad contra los contenedores de basura del callejón trasero. Uno siempre imagina romántica su primera vez pero en el extrarradio este calificativo no tiene cabida.

Él es diez años mayor. Con cierto aire a James Dean. A ella le gustó, le ponen los tipos que van de malotes pero luego son un trozo de pan. Desde entonces están juntos.

Si estás pensando que la camarera no ha conocido más hombre que a nuestro mecánico vas mal. Son de esas parejas que cuando toca meter a un tercero en la relación lo hacen, siempre y cuando sea para sacarle la pasta. Hay mucho madurito de cartera llena que frecuenta la hamburguesería mientras espera que el mecánico arregle no sé qué del coche, y mucha madurita forrada de pasta que necesita que un buen mecánico le dé un buen repaso.

A estas alturas, con todo lo que sabes, podrías imaginar que el acondicionamiento de la terraza lo ha pagado la entrepierna de un tipo gracias a las tetas de nuestra camarera, pero no olvides un detalle: la vivienda es de él.

¿Ya te has ha vuelto a perder?

Es la última vez que te lo repito. Ya me está cansando volver al principio.

Una pareja durmiendo en una terraza una calurosa noche de verano. Ella con camiseta de Amy Winehouse, él solo con calzoncillos.

Ella, como toda persona que duerme en casa ajena, en cuanto escucha un sonido se pone a la defensiva porque lo siguiente que sucede nunca es bueno.

Lo que escucha son unas llaves abriendo. Nuestra camarera repasa mentalmente. Sólo cuatro personas tienen llaves: El mecánico, ella, la difunta madre de él cuyo juego está guardado en el mueble de la entrada, y la cuarta…

Efectivamente, habrás adivinado que es quien pagó la reforma de la terraza y que nunca supo que aquellos 100 m² son de la comunidad de vecinos, que tan sólo deja su uso y disfrute al mecánico para garantizarse el arreglo de unas grietas de la azotea, pequeñas pero lo suficientemente importantes para que los vecinos de abajo tuvieran enormes goteras cuando llovía.

La pagadora de la terraza es rubia, pija y tiene dinero para vivir tres o cuatro vidas sin preocuparse absolutamente de nada.

Lo de ser rubia es porque me da la gana que ambas mujeres lo sean, esto tiene pinta de pelea de gatas por el macho alfa y no quiero darle ventaja a ninguna. Lo de ser rica es una obviedad que ni me molesto en explicarte.

La rubia pija entra y suelta una maleta abierta sobre la pareja que duerme plácidamente. En ella va introduciendo todo tipo de objetos que encuentra por la casa y que desentonan con la vida de un mecánico y una camarera.

Lo hace gritando como si estuviera en el mercado de abastos vendiendo verdura, mientras insulta a la de la camiseta de Amy con esa palabra que empieza por pu y termina en ta, y que cuando éramos pequeños no nos dejaban decir.

El tipo en calzoncillos se ha levantado. Está de pie junto a la cama. Mira el reloj. Las 3 de la mañana. Pide silencio. La rubia pija se convierte en soprano y le grita a la camarera un robanovios como si fuera un aria.

¿Cómo acaba todo esto?

Volvamos a cuando la rubia sale del ascensor, saca las llaves y entra como una posesa despertando a voces a nuestra pareja.

Recuerda, en el rellano hay otras dos puertas. Nos interesa la de madera cochambrosa camuflada tras una enredadera que se viene abajo mientras cae la puerta que nunca se abrió. Por el hueco entran dos tipos en calzoncillos con placas de policía y pistolas en la mano.

Los tipos son los vecinos de abajo, los que antes de la reforma tenían goteras. Son policías y pareja. Al oír los gritos y los golpes pensaron que había una damisela en apuros y tal cual estaban durmiendo subieron a socorrerla.

Recompongamos la escena.

Tenemos tres hombres en calzoncillos con una zanahoria dibujada en la entrepierna (los tres llevan los mismos gayumbos comprados en los chinos de la esquina). Y dos rubias, a cual más arrabalera.

Y ahora viene lo mejor de todo este relato.

Recuerda: Amy Winehouse y James Dean murieron a los 27, la edad de la camarera. En la escena hay dos pistolas en una terraza acristalada en la planta doce del edificio situado en el número 27. Suena un disparo. Ruido de cristales rotos. Gritos. Sangre.

Galiana