Las hijas de Elena

Tres eran, tres, las hijas de Elena; tres eran, tres, y ninguna era buena.

Mi abuelo paterno repetía aquella frase, desde que puedo recordar, cada vez que alguna de mis hermanas y yo teníamos algún motivo de celebración.

Mamá, al escucharla, comenzaba torciendo el gesto. Él la repetía como una letanía hasta hacerla gritar que no era culpa suya no haber parido un hijo varón que perpetuara el apellido.

Entonces papá bajaba la mirada y callaba devastado por el odio y el rencor que había entre el abuelo y mamá.

Tres eran, tres, las hijas de Elena; tres eran, tres, y ninguna era buena. Fue el arma arrojadiza que el abuelo pasó a esgrimir cada vez que quería hacer daño a mamá.

La mañana del decimoctavo cumpleaños de mi hermana la menor él no despertó. Los médicos dijeron que debió ingerir una dosis equivocada de su medicación. Lo achacaron a su demencia senil.

El mismo día del fallecimiento mamá preparó la tarta de cumpleaños, habría celebración.

Nosotras tres, a la hora de apagar las velas, nos miramos. Sonreímos, recitamos: Tres somos, tres, las hijas de Elena; tres somos, tres, y como decía nuestro abuelo, ninguna somos buena.

Galiana

Pd. Agradezco, enormemente, a mis hermanas el préstamo de la foto para ilustrar este relato de ficción.