¿Por qué decimos amor cuando queremos decir sexo?

Tener una hermana melliza podría haber resultar divertido si yo hubiera sido una chica, pero nací con un pene entre las piernas y mi madre decidió desde el minuto cero de vida que debíamos ser diferentes en base a nuestro sexo.

Ella me inculcó respeto hacia las mujeres pero a la vez me hacía verlas como un objeto, como seres inferiores de las que podía y debía aprovecharme. Yo era el hombre, quien exigía, y ellas estaban obligadas a dar. Debía diferenciar las que valían la pena, con las cuales podría contraer matrimonio porque eran decentes y limpias, de las otras, que para lo único que servían era para satisfacer mis necesidades sexuales y con ellas podía divertirme todo lo que quisiera sin tener que responsabilizarme de nada.

Frente a toda esta educación que tardé años en entender era machista y atroz, aunque proviniera de mi madre, estaba la que recibió mi hermana.

Ella debía ser una mujer estrecha de mente y sobre todo de caderas. Además de ello nuestra propia madre le inculcó un código moral basado en que la vecina del primero era una fresca que se había enredado con el cabrón del segundo cuya mujer no era más que una pobre infeliz cornuda.

Mi hermana pareció siempre aceptar de buen grado la educación que había recibido hasta que un día apareció en casa diciendo que se había divorciado de su marido. Yo pensé que aquello iba a provocar un cataclismo en el mundo de mi madre. Esta se marcó con las vecinas un Bernarda Alba respecto de su hija, y defendió la honra de Adela cien mil veces mejor que lo escribiera el mismísimo Lorca en su famoso drama familiar.

A mi melliza todo aquello le daba risa, supongo que estar cerca de cumplir los 50 ayudaba bastante. De una vez por todas había decidido mandar al carajo el tener que acompañar a la misa de domingo a nuestra madre, y sobre todo el tener que, antes de acostarse, pedirle a San Antonio un novio bueno y formal.

Su mente se abrió, y esa libertad hizo que su culo siguiera el mismo camino.

El domingo pasado, cuando estábamos comiendo en casa de mamá como todos y fiestas de guardar, mientras sus hijos adolescentes y los míos se peleaban a la hora del café por ver quien hacía más el cafre soltó entre risas:

—Hermanito, ¿por qué las mujeres decimos amor cuando queremos decir sexo?

Galiana