¿Importa el sexo de los personajes?

galiana abril 2 2016

Hace unos días determinada persona, sobre la que no viene al caso dar más señas, me preguntó cómo elegía el sexo de los personajes. Con todos mis respetos para quien me lanzó aquella cuestión, me pareció sencillamente absurda su pregunta. La respuesta que le di fue:

– Si decido que la trama es sobre el nacimiento de un bebé y esta se desarrolla en la sala de partos, la protagonista debe ser una mujer. Salvo en el tema de parir y de amamantar a una criatura, que son exclusivamente de las féminas, el resto de las tramas “relateriles” pueden ser perfectamente desarrolladas por cualquier sexo, e incluso puede que carezca de importancia para el desarrollo del relato.

– Eso quiero verlo yo – me contestó con aire de superioridad.

Así que aquí estamos, metidos en un berenjenal de mucho cuidado, tratando de escribir un relato donde el sexo de los protagonistas puede ser el que cada lector quiera sin que ello afecte al devenir de los hechos que puedan acontecer en el desarrollo del mismo.

Comencemos cuanto antes, que el reto planteado no es nada baladí.

Las noches de verano tienen como característica principal que no puedes dormir por el maldito calor. Ése que se te pega por el cuerpo haciendo que por la casa lleves la menor cantidad de ropa posible. La desnudez es algo que podría practicar dentro de estas paredes, e incluso a la hora de tumbarme sobre las sábanas, pero es la higiene, que no el pudor, lo que me lleva a imitar a Adán y Eva y su minúscula hoja de parra mientras les estaba permitido vivir en el Edén.

Hace un par de noches, el calor era insoportable. Me levanté. Me duché sin abrir el grifo del agua caliente, lo cual en mi caso ya es mucho hacer. Sobre el cuerpo mojado me coloqué la ropa interior imprescindible y me tumbé sobre la cama. La idea era que las sábanas absorbieran la humedad y entre tanto poder conciliar el sueño, más que nada porque al día siguiente a primera hora tenía una reunión de ésas a las que hay que acudir con la mente despejada.

La temperatura de las sábanas era la misma que tienen recién sacadas de la secadora, con lo que no tardé ni dos segundos en levantarme de la cama. Caminé por la habitación, por el pasillo. Bebí a morro de la botella del agua de la nevera, no la sentí ni fresca.

Las ventanas de la casa estaban abiertas, pero ni una brizna de aire corría, y eso que vivo en el ático de un edificio de diez plantas, y a esa altura hay que tener algo cerrado por el tema de las corrientes.

En la cocina me fijé que la puerta que da acceso a la pequeña terraza estaba cerrada. La abrí, salí con la escasísima vestimenta que llevaba encima deseando sentir algo de frescor. La terraza no es muy grande, lo suficiente para una mesa de jardín y un par de sillas, las cuales en verano utilizo con asiduidad para cenar mientras se va refrescando la casa después de un día de insoportable calor.

Me apoyé sobre el alfeizar del muro de ladrillo pintado de blanco. Los muros de separación de la azotea de los edificios colindantes solo me permitían mirar al cielo o al frente. Sobre el cielo una inmensa luna llena en un cielo despejado hasta de estrellas.

Un edificio un par de plantas más altas que el mío era cuanto podía observar. Todas las ventanas estaban abiertas, las luces apagadas, los visillos corridos para proteger intimidades. La calle que separa ambas construcciones ni muy ancha ni muy estrecha. No puedes meter la mano en casa del vecino por la ventana y coger una cerveza fresquita que ha dejado sobre la mesa de la cocina, pero tampoco necesitas prismáticos para ver qué sucede en el interior de la misma. Miré hacia abajo, los coches aparcados en una sola de las aceras, como siempre, la calle es de una sola dirección, y como todos los edificios de la misma tienen garaje tampoco tienes mucho problema de aparcamiento si eres vecino, otra cosa es quienes lo buscan de forma ocasional.

Nada interesante en las aceras, nada interesante en el edificio de enfrente… Un momento, no todo estaba igual que cuando lo revisé antes de mirar al suelo.

En la misma planta que la mía alguien se había asomado a la terraza. Debía tener el mismo calor que yo por su escasez en la vestimenta. La barandilla de la terraza de enfrente es de barrotes metálicos con lo que podía ver su cuerpo entero. La noche empezaba a ponerse interesante.

De repente me vino a la mente los tiempos en los que viví durante mi adolescencia en un internado. En la acera de los pares el colegio para los chicos, con sus curas al frente, en la de enfrente el de las chicas con las monjas velando por ellas. Ambas edificaciones estaban unidas por un pasadizo de ladrillo y cristal en la zona superior de ambos edificios, desde la calle daba la sensación de ser una única construcción.

Por aquel pasillo de rojos y pesados cortinones de terciopelo los sábados los de un internado caminábamos correctamente uniformados para asistir a la misa de la tarde del otro edifico, y los domingos la travesía se hacía a la inversa, para que todos juntos asistiéramos a la misa de 12. Por supuesto los chicos sentados en un lado y las chicas en el otro, nada de mezclarnos, ni en la fila para recibir la comunión. Nuestros tutores respectivos se encargaban de repetirnos hasta la saciedad que mirar a otra persona del sexo opuesto era un pecado que se debía confesar a D. Casimiro.

En la infancia nadie se cuestiona las palabras de los mayores, y mucho menos si representan la autoridad. En la adolescencia el deseo por mirar, experimentar, tocar, sentir es irreprimible, incontrolable y no obedece a las amenazas de castigos infernales ni a posibles consecuencias relacionadas con la demencia o la falta de intelecto.

Pronto descubrí que el pasillo de los cortinajes rojos que unía ambos edificios era el Edén para los adolescentes. Tras aquellos pesados terciopelos tener los primeros escarceos sexuales en silencio y al amparo de la oscuridad de noche con otra persona del sexo opuesto era una aventura extraordinaria a la que casi nadie renunciaba. No había necesidad de hacer aquel recorrido con los pies descalzos si lo que se quería era disfrutar de la sexualidad en soledad, o tan solo cambiando de cama se podía disfrutar igualmente de todo aquello que nos prohibían con alguien del mismo sexo. Todo aquello estaba terminantemente prohibido, amén de ser calificado de pecaminoso. La casualidad quiso que descubriera ocultos tras una cortina, una noche antes de retirarme a mi cama después de disfrutar, a una sotana abrazada a un hábito. Pude ver sus rostros cuando se apartaron gracias a la luz de la luna, no eran sino aquellos que más nos amenazaban con ir a los infiernos si atentábamos contra el sexto o el noveno de los mandamientos, ésos que hablan sobre la abstención de cometer o desear actos impuros.

La adolescencia había quedado muy lejos, en ese momento me encontraba mirando fijamente a la persona que estaba en la terraza del edificio de enfrente, llevando poca ropa. Debió ser que la distancia que existía entre ambos edificios podía ser la misma que entre los internados femeninos y masculinos el caso es que allí estaba echando a faltar el pasadizo.

La persona me miraba. Era evidente que estaba adivinando mis pensamientos, y entre los dos se produjo esa atracción salvaje que solo sucede entre quienes no se conocen, y no responde a nada más que a los instintos más primitivos de apareamiento. Mi cuerpo se tensó. Sentí deseo, ansiedad por aquella otra persona.

Pensé en bajar, tocar el telefonillo de su piso, no era difícil averiguar cuál era, y subir. Por cómo me estaba mirando no iba a decirme que no. La decisión estaba tomada. Entonces apareció esa vocecilla que todos tenemos dentro y que nos dice que ya no tienes quince años, que no puedes recorrer el pasillo y dar rienda suelta a la pasión sin más, que los actos tienen sus consecuencias, no las que decían los curas y las monjas, pero las tienen. La persona que tenía frente a mí, que me mira con la misma pasión que yo podía no estar sola en la casa.

La sensatez ganó la partida, pero no consiguió dominar el deseo.

Cerré los ojos. Mis manos comenzaron a recorrer mi cuerpo haciéndole sentir como muchas otras veces. Buscaron mi pubis tratando de sentir la humedad en mis dedos. En ese instante abrí los ojos, buscando encontrar frente a mí a la persona que estaba provocando aquel deseo. Había desaparecido. Sentí una enorme decepción. Fue entonces cuando el telefonillo del portal sonó…”

Ha llegado el momento de saber el sexo de la persona que narraba la historia, quien tocaba la puerta del portal, y por supuesto que sexo tenía.

Galiana

La fotografía es de @marinieves_s