Terapia de pareja

 

Mi terapeuta de pareja, un hombre maduro cercano a los cincuenta y de muy buen ver, me ha pedido que reflexione sobre las causas que me han llevado a ser infiel a mi pareja. Aduce que de este modo podré entender el motivo y no volveré a hacerlo. Alega, además, que a mi marido le será más fácil perdonarme ya que no es la primera vez que esto sucede.

Mientras habla y habla, más pareciera que él es quien necesita terapia y no nosotros que, dicho sea de paso, no creo precisemos estar aquí perdiendo una hora a la semana, pero es la concesión que le hago a mi marido después de haberle dicho por enésima vez con voz compungida:

—Lo siento, no volverá a ocurrir.

Mientras el terapeuta habla sobre superar este tipo de conflictos introduciendo en la misma frase palabras  como perdón, infidelidad y superación no paro de pensar en que mi problema no es ser infiel, jamás he sido fiel a nadie que no sea yo misma, es algo diferente.

Me imagino entrando aquí, en su consulta, sin mi aburrido, apático y asexuado marido. Agarrarle del pecho de ese jersey de cuello vuelto de lana gruesa que casi siempre lleva puesto y hacer como en las películas, tirar con la otra mano absolutamente todo lo que tiene sobre su ordenado escritorio con la sana intención de tumbarle encima para después desabrocharle el pantalón.

Supongo, cuando yo hubiera terminado tras sentarme entre sus piernas con la falda levantada, que él trataría de justificarse a sí mismo diagnosticándome adicción al sexo. No me importaría aceptar su diagnóstico siempre que viniese a terapia una vez por semana en las mismas condiciones que acabo de describir.

Galiana