Sexo y crimen

Galiana enero 2016

Te cuento un secreto. Verás, al igual que tú de vez en cuando saco “la portera” que todos llevamos dentro sobre todo si el asunto tiene que ver con el sexo o con un crimen.

El problema que tenemos los escritores con estos temas es que son delicados. Al escribir sobre ellos no podemos ser unos “moñas” como tampoco podemos ser repulsivos. Es cierto que la virtud está en el término medio, pero te garantizo que es complicado.

Empecemos con algo que puede parecer sencillo: el sexo. Escribir una escena de estas características tiene su aquel, entrar en demasiado detalle puede ser contraproducente por lo que la opción más sencilla es dejar que la imaginación sea la que rellene los huecos y lleve al lector donde quieres que vaya. El lenguaje también hay que cuidarlo y mucho, dependerá del lugar donde se desarrolle el relato sin olvidar las características de los personajes.

En lugar de tanta palabrería mejor nos ponemos a trabajar en un caso práctico.

La escena se desarrolla en los pasillos de un hotel y por supuesto tenemos una pareja predispuesta para el acto sexual.

Un inciso. Cómo he dicho que el lenguaje varía según el contexto donde se desarrolle y los personajes, voy a escribir no una sino dos historias. Vamos con la primera, y los pasillos del Hotel Palace como lugar para desarrollarla.

“Mi representante ha tirado la casa por la ventana y me ha alojado en el Hotel Palace de Madrid. No en una suite, pero es el Palace.

Hace unos minutos me han avisado de recepción que acababan de dejar allí un chal que me he dejado olvidado en la cafetería. Que si me parecía bien me lo subían.

Como tengo la habitación hecha un desastre, desordenadilla que es una, les he dicho que bajo yo misma. Me he puesto un pantalón y una camiseta sobre el pijama, me he recogido el pelo en una cola de caballo, un atuendo que no es muy de este lugar, pero no voy a vestir y a pintarme el ojo para algo así.

Al pasar por el pasillo me he topado con una pareja comiéndose a besos delante de una de las habitaciones, tres puertas pasada la mía. Ella llevaba un vestido de gasa negro largo, con un escote de ésos que dejan poco a la imaginación. Él un smoking clásico. Supuse que venían de alguna fiesta. Ella buscaba en su bolso la tarjeta para abrir la puerta mientras él no paraba de besarla.

Al verles sentí envidia, esa envidia que de sana tiene poco. Ésa que te dice qué tiene ella que no tengas tú.

Mientras esperaba el ascensor recordé haber visto al tipo rondando por el hall del hotel cuando me estaba registrando, con lo que pensé:

-¡Qué suerte tienen algunas!

En recepción me dieron el chal y volví de regreso a la habitación. Allí seguían los dos. Ella tenía la tarjeta en la mano, pero claro, si él no deja de besarte es difícil que pueda abrir.

Ya en mi cuarto, y mientras me quitaba la ropa y me quedaba con el pijama pensé en las mil maneras en que aquellos dos terminarían la noche, tanto que acabé bajo la ducha, que en estas ocasiones un poco de agua fría nunca está de más”.

La segunda historia tiene lugar un hostal de tercera, veamos cómo se desarrolla:

“Cuando llegué por la mañana a registrarme me acordé de la santa de mi representante. Por mucho que me lo repitiera mil veces no puedo creerme que no hubiera podido conseguir una habitación de hotel para una noche en todo Madrid, me dijo:

-El único hotel que tiene habitación disponible es el Palace, y cómo te explicaría que los beneficios del libro no dan para que pases una noche allí.

Junto al mostrador de recepción había un tipo de unos dos metros. Vestido con un vaquero y una camisa que debían ser dos tallas menos. Uno de ésos que para ser estibador de puerto está perfecto, pero que en un lugar como ése da hasta miedo.

La habitación en cuanto a limpieza las he visto mejores. Abrí la cama y por lo menos las sábanas estaban limpias, como los sanitarios del cuarto de baño, aunque el suelo no había visto el mocho de una fregona con agua limpia desde el día de la inauguración.

Al volver del evento al que tenía que asistir recogí mi llave en recepción, porque el hostal era de ésos que todavía tienes que dejar la llave al entrar y salir, y ésta cuelga de un enorme boloncio para que no te la lleves de recuerdo. Al recogerla se me debió caer el chal y me llamaron para decirme, muy amablemente, que bajara cuanto antes a por él o no se hacían responsables que estuviera allí por la mañana.

Me quite el pijama. Me puse un pantalón y un jersey y bajé por mi chal.

Tres puertas contando desde la mía había una pareja. Ella llevaba una minifalda de ésas que tienen mucho de mini y poco de falda. El tipo era el que había visto en la recepción al llegar. Ella tenía las bragas en los tobillos, y él tenía una de sus manos entre las piernas y la cabeza sumergida en su escote. Ella le estaba desabrochando el cinturón con torpeza ya que entre los dedos tenía la abultada llave de la habitación.

Pasé casi corriendo no fuera a ser que mi presencia molestara. Ni siquiera esperé el ascensor, me bajé los dos pisos andando. El tipo de la recepción me miró de arriba abajo y me dio mi chal con desgana. Eché a correr escaleras arriba con presteza, no es que mi habitación fuera una maravilla, pero en medio de la sordidez de todo eso se me antojaba tan lujosa como pudiera ser la del Palace.

En el pasillo continuaba la pareja a lo suyo. La postura era diferente. Ella tenía una mano en el picaporte, la otra en el marco, y la cara contra la puerta. Él estaba tras ella con los pantalones medio bajados.

Aceleré el paso no me apetecía nada contemplar el espectáculo que tenía ante mí.

Nada más entrar cerré con llave. Me puse el pijama, me metí en la cama y traté de conciliar el sueño”

Hasta aquí las dos historias de sexo que realmente son la misma ambientada en dos lugares distintos, pero… ¿y el crimen? No se me ha olvidado, vamos con él.

Volvamos al relato del Hotel Palace. Habíamos llegado al momento en que me había dado una ducha fría para refrescar el cuerpo y la mente.

“Me metí en la cama sabiendo que me iba a costar conciliar el sueño. Tenía en la mente al tipo del pasillo y el deseo de que tocara mi puerta.

Intenté conciliar el sueño, pero no paraba de dar vueltas entre las sábanas porque mi imaginación se desbocaba pensando en el dichoso tipo.

Sobre las tres de la madrugada sentí que alguien golpeaba la puerta con los nudillos. Me levanté. Abrí.

La chica que unas horas antes llevaba el vestido escotado negro y que estaba disfrutando del tipo que me había atraído en la cafetería estaba ante mí envuelta en la colcha y llena de sangre.

-Ayúdeme, por favor.

Fui a tocarla cuando sentí un ruido. No supe bien qué era en ese momento. Ella se desplomó contra mí. No pude sujetarla. En el pasillo estaba el tipo del smoking. Tenía una pistola con un silenciador en una mano y con la otra me lanzó un beso”

Ahora tocaría escribir la parte del crimen en el hostal, pero he pensado que eso mejor te lo dejo a ti, así que adelante. Solo te dejo el principio luego debes seguir.

No podía dormir por mucho que lo intentara. Me levanté. Miré por la ventana, ni un alma por la calle. En un par de horas se haría de día y saldría de allí.

En eso estaba cuando sentí que aporreaban mi puerta…”

Galiana