Domesticar del verbo domar

No sé si será porque soy escritora, o sencillamente porque sí, pero reconozco que llevo bastante mal lo de acatar las normas. En general tiendo a saltármelas todas de un modo pasmoso, supongo que por eso no tengo carné de conducir, ni pertenezco a ningún club que se rija por algún tipo de estatuto.

Mucho peor que tener que cumplir con las normas es soportar a una persona a tu lado y su maldita manía de tender a ‹‹domesticarme››.

Domesticar del verbo domar, lo cual aplicado a las personas suena horrible, mucho más cuando quien trata de imponértelo es la persona que duerme contigo. Pero ya sabes, quién duerme contigo es tu peor enemigo.

La cuestión es que la persona trata de ‹‹domesticarme›› en cuestiones que para mí son intrascendentes. Porque vamos a ver yo puedo escribir a las tres de la mañana o a las tres de la tarde, sin un coro rociero acompañándome, lo hago en silencio, sin molestar a nadie, y a ser posible sin que a mí me toquen las narices. ¿Por qué tengo que tener un horario para trabajar de ocho a tres como si esto fuera la oficina de una sucursal bancaria? ¿Por qué tengo que comer a las tres y media con una puntualidad británica todos los días? Te importa una mierda como funcionan mis biorritmos, ya me tomaré un yogur de esos que anuncian en la tele, me atiborraré  de ciruelas o de salvado si necesito ir al baño porque tengo un atasco monumental, pero como cuando tengo hambre. ¿Por qué me tengo que ir en julio y en agosto de vacaciones a la playa? Que no, que cojo vacación cuando me parece, como si es febrero, como si no me voy a ninguna parte, que para mí la desconexión es… ¿Yo qué coño sé cuándo desconecto? Si eso no sé ni dónde se compra, pero tampoco me importa si lo venden en la droguería o en la ferretería.

Volviendo al tema que me ocupa, por qué narices tiene que haber una persona a mi lado que intente ‹‹domesticarme››.

Cuando descubro que está sucediendo tengo muy claro qué hacer.

Meto al susodicho en una enorme caja, le pongo un gran lazo, una pegatina bien visible que ponga con letra clara legible la palabra «destino» seguida de dos puntos y a continuación el domicilio de la casa de su madre. A renglón seguido llamo a la primera empresa de paquetería que aparezca en Google (no miro precio ni nada), para que se encargue de recogerlo a domicilio lo más rápido posible y de entregarlo a la velocidad del rayo.

Ya sé que la otra opción es darle una patada donde la espalda pierde su casto nombre, y devolverle de esa guisa con su santa para que se ponga a ‹‹domesticarla›› a ella, pero es que nunca he sido una mujer violenta y tampoco le deseo el mal a alguien que me es completamente ajeno.

Por cierto, cariño, si lees esto ya sabes cuál es tu destino si se te pasa por la cabeza la idea de ‹‹domesticarme››

Galiana