Los tres pies del gato

Hace unos días alguien bastante cercano, cuyo nombre no voy a revelar porque no merece la pena, aunque sí diré que es de esas personas que siempre están buscando los tres pies al gato, me hizo la siguiente pregunta mientras tomábamos un aperitivo con algunos amigos comunes:

—Tú dices que eres escritora, contadora de historias, e incluso cuentista he leído en alguna entrevista que te han hecho. Pero, ¿qué quieres que te diga? tu trabajo consiste en sentarte delante de un ordenador, apretar las teclas y ya, tampoco veo yo mucho esfuerzo en eso.

Me quedé mirando a la persona y, francamente, podía haberle contestado con un escueto:

—Lo que tú digas.

En lugar de eso, sabiendo que no se iba a quedar satisfecho con mi respuesta, respondí:

—Me encanta que hagas esa reflexión sobre mi profesión sin habértela pedido, demuestras que valoras el trabajo que hacemos los escritores ya que estamos en tu pensamiento continuamente. Verás, un día uno de mis hijos, cuando tenía tres o cuatro años, me pidió fresas de postre y casualmente no había. En su inocencia insistió en que las sacara del frigorífico. Yo no podía explicarle, dada su edad, que no era temporada y al precio que estaban yo no podía pagarlas porque en esa época mis libros se vendían algo menos. Lo único que entendía es que en la nevera no había fresas y era la fruta que él quería tomar. Los lectores vais a la biblioteca o a la librería a por un libro, explicar como el libro llega allí no es algo que tenga mucho sentido. Tú solo preocúpate que mañana, probablemente, a la hora del postre tengas fresas para comer.

Al día siguiente le envié por correo un ejemplar de mi último libro.

Galiana