Inodoros, sumideros y demás

 

  Aquella mañana mamá le dijo a papá que estaba encinta. Él salió por la puerta sin mediar palabra alguna regresando unas horas después con un fármaco. Al entregárselo le dijo sin mirarla a los ojos:

  —Deshazte de lo que llevas dentro.

  Mamá tiró por el retrete, a la vez, a la medicina y a mi padre, descargando el agua de la cisterna hasta asegurarse que no había rastro de ninguno de los dos. Tras aquello llamó a la abuela para contarle lo sucedido. Aquella noche nos instalamos en su casa hasta mi nacimiento, al menos ese era el acuerdo al que ambas llegaron en principio.

  Tres meses después de llegar yo al mundo mamá se arrojó a sí misma por el inodoro en busca de mi padre. La abuela se aseguró de hacer correr el agua de la cisterna para que ninguno de los dos pudiera volver a buscarme jamás.

  Años después supe, cuando tuve edad para comprender, el lugar al que realmente había ido ambos. Vivían en las alcantarillas, como ratas infectas,  rodeados de jeringuillas y otras sustancias de las que nunca se regresa.

  La abuela siempre decía que fue una bendición para mi abuelo fallecer antes de haber visto cómo su única hija era devorada por el sumidero. Alegaba también que era dichosa por tenerme, gracias a eso había evitado ser absorbida por la locura.

 

Galiana