De princesas y sapos

 

Las niñas de mi generación queríamos ser princesas y para ello fuimos educadas. Todas debíamos encontrar una rana verde que al besarla, por arte de magia, se convertiría en un maravilloso y encantador príncipe azul.

Un buen día me llegó el turno…

Allí estaba yo en una charca asquerosa, nada de un idílico bosque de sauces y nenúfares sobre el agua, olía a agua putrefacta. Ante mí se plantó un sapo lleno de verrugas, pequeñajo y absolutamente amorfo. Me causaba repulsión sólo la idea de tener que besarlo. Miré hacia los lados, allí estaban mi madre y mi abuela. La primera no hacía más que mover la cabeza hacia arriba y hacia abajo, en señal de aprobación, la segunda no hacía ningún movimiento pero sus ojos se le salían de las órbitas y tenía las mandíbulas tan apretadas que estaban a punto de fusionarse. Observé hacia abajo, donde estaba el sapo. Me agaché. Con delicadeza le tomé entre mis manos y en lugar de besarle lo devolví a su asquerosa charca.

Después me alejé dándole la espalda. Le escuché croar, croar y croar. Sin detenerme cogí una piedra del camino y la lancé por encima de mi hombro sin mirar atrás. Con la cabeza erguida avancé en silencio sabiendo que el cuento de la princesa y el sapo había llegado a su final.

Galiana