Colectividades

 

Hace unos días me llamó mi editor, como nos conocemos hace años sé perfectamente cuando pone voz de te voy a pedir un favor y sé que es de los que no te gusta hacer.

—Tu próximo libro— me soltó a bocajarro— debes procurar que los personajes de tus relatos pertenezcan a los colectivos minoritarios.

—Define colectivo minoritario, quiero ajustarme bien a lo que me pides.

Temiendo que yo me marcara un Fernando Fernán-Gómez, me conoce muy bien, empezó a argumentarme que los lectores quieren tramas y personajes que desarrollen asuntos que afecten a este tipo de colectivos. Yo saqué mi lado sarcástico hasta que conseguí que me dijera:

—Quiero viejos ingresados en residencias abandonados por sus hijos, inmigrantes cruzando el Mediterráneo de la manera que sea, todo lo que se te ocurra de las personas LGTBI+, menores que son abusados sexualmente, mujeres víctimas de violencia de género, personas no normativas… ¡Joder, creo que me he expresado con claridad!

—Meridiana. Sé perfectamente lo que quieres.

Hace un rato le he enviado un relato, tengo la esperanza que después de haberlo recibido me dejé completar el libro con lo que a mí me dé la gana.

La cosa más o menos iba de…

Una pareja de mujeres de edad madura. Una de ellas sobrepasada de peso, pero como llevan años juntas a la otra parece no importarle, navegan en un crucero por el Mediterráneo por su 20 aniversario.

La no normativa tiene complejo de gorda y ha acudido a la piscina con una camiseta larga. No hace intención de bañarse, es más, ni siquiera se despoja de la prenda para mostrarse en bañador. Sólo se acoda en la barra del bar con un refresco y charla con el camarero. Es la tercera tarde que espera de esa guisa a su mujer.

Ésta se ha quedado en el camarote alegando repasar unos email desde su trabajo. Es directora de una residencia para mayores.

Mientras bebe su segundo refresco le confiesa al camarero estar harta de su mujer. Siempre tan pendiente de los viejos, ya no le vale la excusa que siempre le pone de que le da pena verles allí ingresados y abandonados por sus hijos. Porque luego hay algunos que se merecían no sólo estar allí sino en la cárcel, uno de ellos, según le contó su esposa, abusaba sexualmente de su hija cuando era pequeña, otro agredía a su mujer hasta que finalmente se la llevó por delante pero nunca se demostró, otra…

El camarero la escucha con atención. En un momento dado le confiesa que es un refugiado de Siria, que en su país era un eminente psicólogo, pero aquí ahora sólo puede ejercer en la barra del barco y dando gracias a cierta asociación humanitaria que le consiguió el trabajo.

La mujer aburrida de esperar a su pareja decide volver al camarote.

Allí está a su chica. No está precisamente respondiendo e-mails. Se la encuentra metida en la cama con un tipo al que el primer día en el barco vieron en cubierta y que saltaba a la lengua era un gigoló en busca de mujeres maduritas para sacarles la pasta.

La mujer no normativa no sabe qué sucede pero de repente todo se nubla y cuando vuelve a ver está en la enfermería del barco atendida por una doctora que le indica que debe perder peso y hacer ejercicio.

Galiana

 

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