Relajándonos

 

Todas las mañanas vengo a desayunar a mi cafetería preferida. Los camareros me conocen, saben bien a la hora que llego por lo que me tienen reservada la mesa y tampoco es necesario que les pida lo que voy a tomar, un café con leche y media barrita de pan con tomate y aceite.

Hoy hay mucho revuelo en la calle porque van a inaugurar la ampliación del museo y vienen las altas instituciones a hacerse la foto de turno.

Está todo lleno de camiones de medios de comunicación. El evento lo van a transmitir en directo todas las teles. No sé por qué tanta fiesta si no es más que un edificio cultural.

Mientras estoy sentado en la mesa han pasado delante de mí una pareja de presentadores del telediario de mediodía acompañados de un tipo rapado, algo más joven, con una especie de mochila con antena.

A ella la reconocería en cualquier lugar. Siempre con su melena pelirroja y rizada al viento, digo yo que ya se la podía recoger porque no son maneras de salir en la televisión, como tampoco lo son llevar siempre esos vestidos tan ajustados y escotados. Cualquier día le ocurre como aquella nefasta Nochevieja con la cantante italiana. ¿Dónde habrán quedado las locutoras de antes tan recatadas?

A él también le distinguiría en cualquier lugar por su altura y el color canoso de su cabellera. Era un pipiolo cuando mi hijo, por entonces universitario, y yo nos quedamos aquella madrugada viendo como nos contaba el estallido de la guerra de Bush padre. Este sí que es un presentador de televisión, tan trajeado, tan correcto en el habla, tan formal.

No sé a qué directivo se le ocurrió ponerles juntos a presentar. Supongo que a ella debían colocarla en algún sitio porque seguro que es de las que ascienden de aquella manera.

El tipo rapado debe ser un técnico, esos nunca salen en pantalla. Ella debe tener algún asunto con él porque bebe de su zumo de naranja y le mira con un descaro bastante impropio para un lugar público aunque él parece más preocupado en hablar con el locutor.

Los hombres han abandonado la mesa y he aprovechado para acercarme a saludar a la locutora, siempre es bueno darse a conocer, están en mi cafetería habitual.

A mis «buenos días» serio y formal me ha contestado con sonrisita insinuante y tonillo de complicidad. Algunas mujeres no deberían abrir la boca, solo sirven para sonreír. Me ha dado las gracias por verles a ella y a su compañero en el telediario, tras cruzar unas pocas frases me he dirigido a los aseos. No tengo ganas de ir al baño, es que no hay manera de hablar con ella y evitar que se no se te vayan los ojos al escote, es una situación muy violenta. Necesito refrescarme la cara con agua fría. Tan azorado he bajado la escalera que en lugar de abrir la puerta del baño he abierto otra con un cartel de “privado”.

—¡Jesús, María y José! — exclamo.

El presentador del telediario está de pie con los pantalones bajados y delante arrodillado el rapado, en posición inconfundible. El del pelo canoso me mira y me dice como si estuviera dando las noticias:

—Es nuestra forma de relajarnos antes de un directo, cuando acabe conmigo si usted quiere puede ocupar mi lugar.

Galiana

 

11 comentarios en “Relajándonos

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