Cosas de familia

 

Después de tantos meses encerrados por la pandemia sin poder tocarnos fuimos a ver a la bisabuela a la residencia de mayores. En una semana será su cumpleaños, ha pasado la centena. No quiere que le organicemos ninguna fiesta, no están los tiempos para esas cosas.

Mi hermano y yo le tenemos especial cariño porque convivió un tiempo en casa con nosotros. Luego un buen día se fue a la residencia y nadie nos dio ninguna explicación, a los niños se nos cuentan un montón de historias del tipo “va estar mejor allí”, “lo ha querido ella”, pero realmente nunca sabes la verdadera razón.

Mis padres, mi hermano y yo fuimos a visitarla acompañados de mi abuela, su hija.

Sentados en el jardín de la residencia mi hermano, que anda metido en política, empezó a hablar de la Guerra Civil, de las fosas en las cunetas, de cómo no se resolvieron nunca todos aquellos temas a pesar de que nos vendieran una transición idílica tras la dictadura.

En casa nunca hemos sido de política por eso me llamó tanto la atención que mi padre le siguiera la conversación alegando que:

—… en países como Estados Unidos hicieron una Guerra Civil y han podido avanzar sin estar siempre echándose en cara determinados temas.

De repente, sin ser el sitio y sin venir a cuento, estaban discutiendo sobre si era imprescindible desenterrar cuerpos de las cunetas, si en nombre de la memoria histórica no se había hecho otra cosa que poner sobre la mesa odio y rencor acumulado por las familias.

La situación era desagradable e incómoda para todos pero ahí estaban ellos a lo suyo.

Yo les miraba extrañada, no entendía nada. Ir allí a la residencia de la bisabuela, después de tanto tiempo sin verla, a discutir de aquello, no tenía ni pies ni cabeza. ¿Acaso no se ven todos los días en casa? A mí todo ello me estaba pareciendo un numerito de fatalidad, una estupidez que mi hermano quería montarle a mi padre delante de la familia y éste había caído en su trampa, y por alguna extraña razón que en ese momento desconocía tenía que estar la bisabuela delante.

La abuela se puso a llorar. Mamá se levantó y se la llevó de allí. Mi padre de repente puso un gesto como de “no debíamos haber tocado este tema”. Mi hermano se dio cuenta que se había pasado tres pueblos y se excusó diciendo que sólo era un debate, que tampoco era su intención molestar a la abuela, que no entendía por qué se había puesto a llorar por una simple conversación.

Fue entonces cuando la bisabuela habló:

—Nunca habéis preguntado por el bisabuelo, para vosotros está muerto pero creo que deberías saber. —Hizo una pausa, pero no de esas de intriga, sino de esas que son para contar lo que se prefiere callar pero que en algún momento dado no hay más narices que decir.

—Tras la Guerra Civil una noche vinieron a buscarle a casa, vuestra abuela tenía meses de vida. Nunca volvimos a verle. Nunca supimos si fue fusilado o qué sucedió. Me raparon el pelo, me hicieron pasear por el pueblo después de haberme hecho tomar aceite de ricino, pero no os voy a dar detalles porque habéis leído en muchos sitios qué nos hacían a las esposas de los que eran denunciados. Tras haber sido humillada de todas las maneras que os podéis imaginar, como mujer y como persona, cogí a vuestra abuela en mis brazos y me marché. Creció sin padre en otro lugar donde nadie nos conocía. Tuve la suerte de poder huir del pueblo. De cambiar de vida y, gracias a la ayuda de otras personas, criarla como una joven viuda con una hija pequeña, como muchas otras.

Ella supo la verdad cuando tuvo edad de asumirla, cuando creí que no tendría odio hacía nadie, ni rencor, ni ninguna sensación de humillación.

¿En qué estaba metido el bisabuelo? No lo sé. Puede que en nada, puede que fuese denunciado por alguien que quisiera nuestra casa, nuestra tierra, su trabajo… Los tiempos eran así.

Aquello fue una guerra. Trajo una posguerra durísima para todos. Pasamos hambre, nos faltó de todo, cualquier oportunidad era buena para prosperar. Yo dejé atrás todo lo que no hubiera sido bueno para vuestra abuela, para nosotras.

Lleváis un rato hablando de asuntos que ninguno de los dos habéis vivido, queréis revivirlo en nombre de la justicia pero vuestras palabras suenan a venganza, odio, revancha.

Yo sobreviví a todo aquello sola, con una niña pequeña, ocultando hechos que solo nos podían hacer daño. No remováis aquello, solo trae dolor, como el que le habéis causado hablando de cosas que ignoráis.

Estamos sobreviviendo a una pandemia, toca cuidarse los unos a los otros, ser prudentes para salir de esto.

Después se calló y no dijo nada más.

Mi padre, mi hermano y yo desconocíamos aquella historia familiar, nuestra propia historia. Ya en casa le preguntamos a la abuela y no quiso contarlo.

Desde ese día cuando en la televisión hablan de la memoria histórica, de la Guerra Civil, mi hermano baja el volumen y habla de su novia, de sus estudios, de lo bien que le han salido los callos con garbanzos ese día a la abuela porque cocina de vicio la jodía.

Galiana

 

4 comentarios en “Cosas de familia

  1. Todos tenemos a alguien que sufrió la guerra, todos los que tenemos ya una edad, es doloroso que quien quiere remover la mierda sean personas que solo lo conocen de oídas, o remotamente.
    Como dice el dicho (valga la redundancia) La mierda cuanto más la remueves, más huele.
    Y esto va para todos esos temas tan cortantes que andan en las palestras últimamente, centrémonos en soluciones que problemas ya tenemos bastantes.

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  2. ¡Hermoso relato!, me encantó. Me gustaría conocer mi historia familiar, desenterrar tantas cosas que se ocultaron y que muchas, más que mal, hacen mucho bien saberlas. A veces siento que vamos honrando a nuestros ancestros incluso sin saberlo, como si en los genes se guardarán todos esos pendientes. Me gustó, en serio, gracias por compartir.

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