Las noches de los martes

Tras un día de mierda, incluyendo bronca con el jefe, lo que más me apetecía era reunirme a tomar unas cervezas como cada martes con las chicas. Las dos, tres horas a la semana que comparto con ellas son mi terapia mucho mejor que cualquier psiquiatra.

A Julia y a Carmen las conocí en la universidad, desde entonces mantenemos nuestro ritual de los martes, misma hora, mismo local. El dueño sigue siendo el de antaño, los camareros no, salvo uno que es el que nos atiende. Carmen solo ha fallado las veces que ha estado ingresada en el hospital tras parir a sus dos hijos. Julia y yo no gastamos de eso.

Hoy Carmen no podía acudir a nuestra cita, la más pequeña de sus hijas, ya toda una adolescente, está ingresada en el hospital operada de apendicitis.

En la puerta del garito me esperaba Julia, como cada martes. Vestida como si fuera viernes por la noche, como si todavía tuviéramos 20 años y fuéramos a comernos al primero que no se invitara a lo que fuera.

Nuestro camarero ya nos tenía reservada nuestra mesa y no hizo falta que le pidiéramos lo que íbamos a consumir. Se extrañó que faltara una de nosotras, por supuesto le contamos la razón.

Julia y yo hablamos de cómo habían sido nuestra respectiva semana en el trabajo. Yo notaba que estaba rara, mejor dicho, algo más que de costumbre.

—No sé por qué le das tanta importancia a que Carmen no haya venido hoy. La operación fue ayer, es normal que quiera estar allí.

—Esto de los martes ya no es lo que era.

—¿Qué dices?

—La semana pasada llegaste tarde.

—Me pusieron una reunión a última hora, creo recordar que avisé de que llegaría con retraso.

Se me quedó mirando sin decir una palabra. Ese silencio incómodo que precede a una tormenta y sabes que no tienes donde refugiarte.

—¿Qué te pasa?

—Es la primera vez desde que nos conocemos que me preguntas eso.

Aquello no me lo esperaba. El golpe había sido demasiado bajo incluso para ella.

—¿Vas a decirme que te pasa?

—¿Recuerdas por qué elegimos este local?

En ese momento mi mente estaba en blanco, después de tantos años imposible hacer memoria.

—Lo elegimos— prosiguió— no porque estuviera de moda sino porque estaba y está cerca de mi casa. Aquí quedábamos tres jovencitas. Dos chicas guapas, delgadas y atractivas; la otra más rellenita y en la que nadie reparaba.

Aquello no me estaba gustando nada. Quise interrumpir su discurso, pero no me dejó.

—Las tres pedíamos unas cervezas y enseguida se acercaban algunos chicos. Carmen y tú les dabais palique. Al rato os marchabais con ellos. Ninguna de las dos al llegar a la puerta mirabais hacia atrás, la estúpida de Julia se quedaba sola bebiendo. Le puedes preguntar al camarero, nuestro querido camarero, el montón de veces que me pedía un taxi para llevarme a casa. Nunca ha sabido que vivo al lado. Él se ha preocupado de cómo he llegado yo a casa durante estos últimos años.

La última frase me la escupió a la cara.

Con las manos me indicó que iba a seguir hablando y que yo estaba allí para escuchar.

—… Carmen encontró a su príncipe azul y fundó una familia, tú nunca has querido una relación seria y aquí estás con un largo historial sentimental pero al final terminarás sola.

El tono de su voz ya empezaba a ser amargo, quizá yo ya estaba empezando a cansarme de tantos reproches.

—Tiempo, tiempo- le dije con toda la calma que fui capaz— Estás mezclando todo y distorsionando la realidad. Carmen y yo nunca hemos venido aquí a ligar, pero tú mírate, es martes, vistes como si fuera viernes noche y apuesto que llevas las bragas de ligar. Carmen no encontró un príncipe azul, sencillamente porque no existen, se topó con un hombre y juntos decidieron crear una familia. Yo no he querido hacer nada de eso porque no soporto compartir mi espacio vital con nadie. Parece ser que tú siempre has querido buscar un hombre y formar una familia y nos culpas a nosotras de no haberlo conseguido. Crees que la razón es porque cuando fuimos jóvenes éramos más atractivas que tú. Vuelve a mirarte. Laboralmente has llegado mucho más lejos que cualquiera de nosotras. Si querías una familia tienes miles de atractivos para hacerlo.

En ese momento le pedí al camarero la cuenta. Se sorprendió que abonara toda la consumición, normalmente, pagamos cada una la suya. Después, en la barra, le pregunté cuantas cervezas ella suele tomarse y se las pagué también.

Al llegar a la puerta del garito, antes de salir, una parte de mí se negaba a dejar a Julia como cada martes. Ganó la otra parte, no quise romper una amistad de tantos años.

Galiana

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