Edén

 

Al llegar a cierta edad uno alberga ciertas esperanzas al entrar en casa después de un duro día de trabajo. Sobre todo cuando se mantiene una relación con una mujer bastante más joven.

Una vez abierta la puerta comienzo por dejar el maletín de trabajo en el recibidor, donde siempre hay alguna que otra pelusa que me saluda al llegar. Al pasar por la cocina puedo ver el fregadero lleno de cacharros. Ya en el salón los cojines del sofá se entremezclan en el suelo con la ropa interior y los zapatos de tacón.

Ella está en lo que llama Edén, su edén. Es la terraza donde me espera envuelta en una bata de gasa con un Martini en la mano, en el ático que yo puse a su nombre hace algunos años y que es donde ella vive, vivimos.

Para acceder a Edén, a ella, tengo que pagar un peaje.

Me lo dejó claro desde el primer día, aquí nada es gratis.

Voy al dormitorio para quitarme el traje. Sobre la cama encuentro un humilde delantal blanco de servicio. Me coloco el mismo sobre mi cuerpo desnudo. Así vestido me dirijo a la cocina para fregar todos los platos que ella ha acumulado en el fregadero durante el día. Después paso la aspiradora y recojo absolutamente toda la casa. Ya huele a lejía.

Una vez finalizadas las tareas me sitúo a la entrada de Edén para pedir permiso. Con su dedo índice me indica que puedo acceder. Me arrodillo frente a ella. Beso sus pies. Hasta no recibir la orden no me yergo. Me invita a beber de su Martini.

¿Quién no mataría por tener un edén después de un día duro de trabajo?

Galiana

4 comentarios en “Edén

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