El secreto

Fue sorprendente reunirnos después de tantos años. Sorprendente porque este tipo de invitaciones las declino amablemente, una y otra vez, alegando problemas de agenda. Esta vez acepté, tal vez porque como en el famoso tango, ‹‹Volver››, que cantaba Gardel, veinte años no es nada. Allí me planté, en la vigésima celebración de la graduación de mi promoción de la universidad.

A la reunión hace años, no sé por qué, supongo que al ser algo informal nada tiene que ver con las instituciones académicas, sólo acuden las mujeres que nos licenciamos. El tema de excluir a los hombres es cosa del comité organizador, pero para mí quién les deja fuera es la presidenta y organizadora del evento, que demuestra tener cierta inquina hacia los varones tras su divorcio, el cual según las malas lenguas fue bastante caótico aunque ella sacó una tajada considerable. Con esta mujer, en este tiempo que ha transcurrido desde que nos licenciamos, no he tenido relación alguna, pero si he sabido de sus andanzas porque dirige cierta organización feminista que sale con bastante asiduidad en las noticias y en las tertulias televisivas.

El resto de mujeres que habían sido compañeras en la universidad eran de lo más variopinto. Algunas de ellas ejercían la profesión estudiada; otras sin embargo lucían con orgullo ante sus amistades el título colgado en la pared de sus casas. Las primeras, durante los corrillos que se formaron en el evento, contaban las complicaciones de la conciliación familiar, algunas habían tenido que sacrificar parejas por el camino, otras habían renunciado a la maternidad para brillar profesionalmente, y más de una se había acomodado en la mediocridad para no tener que elegir. Las segundas nos mostraban las caritas de sus retoños adolescentes a la par que presumían de las profesiones de sus maridos; entre estas últimas había algunas que tenían en la mirada ese mal que aqueja y no tiene nombre a las que deciden estar siempre en la retaguardia entre las cuatro paredes de su casa.

Éstas fueron las que llamaron, poderosamente, mi atención; quizá porque no esperaba que su número fuera tan numeroso, quizá porque las mujeres alienadas me provocan un deseo irrefrenable de querer salvarlas de sí mismas que reprimo y ahogo porque no soy quién para meterme en vidas ajenas.

La reunión terminó. Reconozco que disfruté. Lo pasé bien. Estuvo agradable. Incluso me planteé liberar mi agenda para el próximo año.

Una vez la resaca de alcohol y emocional pasó sigo pensando en ese grupo de mujeres que un día tuvieron sueños, en cómo será su día a día tan perfecto e inmaculado. No puedo dejar de recordar su mirada de: ‹‹Soy tremendamente desdichada, pero por favor, guárdame el secreto, no se lo digas a nadie.››

Galiana

PD. El peinado de la fotografía fue realizado por la peluquera Cristina Camuñas

 

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