De princesas y sapos

 

Las niñas de mi generación queríamos ser princesas y para ello fuimos educadas. Todas debíamos encontrar una rana verde que al besarla, por arte de magia, se convertiría en un maravilloso y encantador príncipe azul.

Un buen día me llegó el turno…

Allí estaba yo en una charca asquerosa, nada de un idílico bosque de sauces y nenúfares sobre el agua, olía a agua putrefacta. Ante mí se plantó un sapo lleno de verrugas, pequeñajo y absolutamente amorfo. Me causaba repulsión sólo la idea de tener que besarlo. Miré hacia los lados, allí estaban mi madre y mi abuela. La primera no hacía más que mover la cabeza hacia arriba y hacia abajo, en señal de aprobación, la segunda no hacía ningún movimiento pero sus ojos se le salían de las órbitas y tenía las mandíbulas tan apretadas que estaban a punto de fusionarse. Observé hacia abajo, donde estaba el sapo. Me agaché. Con delicadeza le tomé entre mis manos y en lugar de besarle lo devolví a su asquerosa charca.

Después me alejé dándole la espalda. Le escuché croar, croar y croar. Sin detenerme cogí una piedra del camino y la lancé por encima de mi hombro sin mirar atrás. Con la cabeza erguida avancé en silencio sabiendo que el cuento de la princesa y el sapo había llegado a su final.

Galiana

 

12 comentarios en “De princesas y sapos

  1. Buen relato, y mi pregunta es…¿Qué habrá sido de los sapos? ¿ Tal vez hayan buscado otras maneras de encontrar besos que los liberen? La metáfora del sapo puede recuperarse en el sentido en qué no se debe juzgar por lo físico, y que tras unas apariencias concretas se puede esconder una persona, no ya que enamore y cumpla la ficticia o por lo menos complicada expectativa, del amor perfecto y eterno, si es que ambas cosas son saludables para el amor, aunque también habría que integrar una versión donde la “sapa” existiera, me da para un par de ideas, un buen descubrimiento llegar a tu página.

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  2. Muy buen relato!. La verdad muchos relatos de princesas y príncipes crearon generaciones de niñas que esperaban demasiado de sus contrapartes masculinas a la vez que dejaban de buscar su propio potencial. Creo eso ya ha ido cambiando. Mis respetos para las que se salieron del molde como tu protagonista. Saludos!

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  3. En 1973 Borges visitó México y entre los muchos compromisos que tuvo, se dió el tiempo para hablar con Juan Rulfo. Aquí un extracto de esa conversación.

    —Juan Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.

    —Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos “maestro”, dígame Jorge Luis.

    —Juan Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

    —Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

    —Juan Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

    —Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿Cómo ha estado últimamente?

    —Juan Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

    —Borges: Entonces no le ha ido tan mal.

    —Juan Rulfo: ¿Cómo así?

    —Borges: Imagínese don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

    —Juan Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

    —Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

    —Juan Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.

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  4. Que maravillosa entrada! Imagine las caras de “tu abuela y de tu madre haciendo mohines”…Me has sacado la primera sonrisa del día y eso tengo que reconocértelo; no tiene precio. Gracias…gracias…gracias…Ten un maravilloso fin de semana. Un cálido saludo.

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