Perder el viaje

Nunca me ha gustado viajar en autobús, pero aquella mañana cuando perdí el tren no me quedó otra opción si quería llegar a tiempo para asistir a la reunión.

Allí estaba con mi traje y mi maletín donde llevaba el proyecto que debía presentar en la reunión, y con el que me haría millonario, para coger el primer autobús de la mañana y dispuesto a viajar cinco horas.

Mis compañeros de ruta no se parecían en nada a los que estaba acostumbrado.

Los primeros de subir al autobús fueron una pareja de mochileros que tenían pinta de haber pasado la noche en la estación; él iba tan fumao que quizá ni siquiera supiera donde iba.

El resto del pasaje, todo hombres, parecían temporeros.

A punto de cerrar las puertas subieron tres hombres enormes, con las cabezas rapadas. Ninguno de ellos se sentó respetando la numeración de los asientos, tampoco era necesario porque no iba el autobús lleno. Uno justo detrás del conductor, otro por la mitad y el otro casi al final.

No soy un paranoico pero me dio por pensar que en cualquier momento iban a sacar un arma y nos iban a secuestrar a todos, supongo que la nuca tatuada del que llevaba adelante tuvo que ver algo en ello.

El viaje trascurrió con normalidad.

En mi cabeza seguía bullendo la idea de que en cualquier momento aquellos tres hombres montarían un sindiós y no estaba aprovechando el tiempo en repasar la presentación de mi proyecto para la reunión a pesar de tener el portátil sobre las piernas abierto.

A mitad de camino hicimos una parada en el área de servicio. Todos los viajeros bajamos. Los mochileros se quedaron fuera para fumarse lo suyo, los temporeros se pusieron a dar vueltas y ninguno entró a tomar un café, solo lo hicimos los tipos enormes y yo y, por supuesto, el conductor.

Ellos no se sentaron juntos, tampoco a mi lado.

El café no estaba muy bueno, me lo tomé rápido y fui al baño.

Estaba limpio, lo cual fue toda una sorpresa, y totalmente vacío. Entré en uno de los aseos y al salir allí estaban los tres lavándose las manos. Yo hice lo propio sin dejar de mirarles. No hubo tiempo. Uno me empujó contra la pared. Otro me tapó la boca. Otro me bajó los pantalones…

Los tres pasaron por mí en completo silencio. Después me pidieron la clave del portátil. Dos siguieron sujetándome contra la pared mientras el otro hizo una copia del mismo. Cuando acabaron uno de ellos me dijo:

—Date prisa, no pierdas el viaje.

Galiana

 

17 comentarios en “Perder el viaje

  1. Un encanto de entrada! Ahora dime, al felicitarte por la narrativa tan de actualidad -o antes del bicho-, me ha quedado una duda. Al final; resulta obvio que le robaron la clave y solo estaban interesados en el, de todos los pasajeros.¿Pero hubo una previa, al momento en que lo forzaron a bajarse los pantalones? ¿ O lo has dejado a gusto y placer del lector? Un cálido saludo y muy buen jueves!

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      • Ohhh…recién llego del la Gran Vía -como poseen allí, aquí avenidas- y al sentarme, abriendo el correo un repiqueteo ensordecedor, inundo todo el piso, Eran correos que llegaban uno tras otro; destino que no solo me sorprendió sino que mas que me encanto. Dime¿? Si te sucediera algo así…le dirías como yo lo estoy haciendo, mientras escucho con ms auriculares a Charles Aznavour, esto: “cuando esto pase; te invito a tomar un café en la Plaza Mayor – ya que al San Miguel, ni loco-…. Que opinarías…que me sugieres? Un cálido saludo.

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