Soñando

A todos nos gusta soñar. Lo hacemos con aquello que ansiamos, los miedos que nos persiguen incansables, las verdades que no pretendemos ocultar, e incluso con planes a futuro a sabiendas que jamás se van a llegar a cumplir.

En algunas ocasiones le ponemos tanta intensidad que no somos capaces de distinguir la realidad del sueño, y no es que soñemos despiertos, es algo que va mucho más allá. Tan, tan allá va el asunto que no es la primera vez que salgo de mi cuerpo, y me quedo a un lado de la cama contemplando a mi otro yo dormido.

Esta noche ha sido de ésas, de las que la profundidad del sueño, o que se yo, me hacen desdoblarme en dos. Uno permanece en la cama, relajado, ajeno a que el otro le está observando.

En este momento estoy tumbado boca arriba. Tengo los ojos abiertos. Mi madre siempre ha dicho que de niño le daba unos sustos terribles por tener esta manía, y una de mis novias me obligó a dormir con antifaz porque decía que verme con los ojos en blanco le daba escalofrío.

De repente me he girado hacia el lado derecho. Me he colocado en posición fetal. Ha sido un movimiento lento, muy pausado, todo muy controlado. No estoy cómodo. Debe ser que hace un par de días salí a correr con la bicicleta y un coche me adelantó de forma brusca. Caí al suelo y sufrí quemaduras con el asfalto por el lado derecho. Me muevo bajo las sábanas porque me molestan las rozaduras que me hice. Con voz susurrante, para no despertar a mi otro yo, le digo que se gire para el otro lado, así dejaré de sentir dolor. Ha debido escucharme porque con lentitud se he dado la vuelta, todo muy sincronizado, como si una parte del cuerpo le pidiera permiso a la otra para hacerlo.

Ahora estoy tumbado apoyado en el lado izquierdo. Ya no me duelen las abrasiones. Estoy mejor. De repente me fijo en que de mi mano derecha sale un tubo transparente relleno de un líquido del color del agua. Le sigo con la mirada.

-¿Por qué tengo un goteo puesto?

En ese momento me doy cuenta que no estoy en mi cama, ni en mi habitación. Estoy durmiendo en un hospital. El sueño ya no me está gustando. Desde siempre le he tenido miedo a estos sitios, un miedo sin causa específica, inexplicable, pero al fin y al cabo miedo.

Mi yo de la cama no parece estar inquieto por lo que deduzco que el estar en el hospital forma parte del sueño. Me tranquilizo.

Los ojos de mi otro yo me miran. Me acerco hasta él. Le paso la mano por delante de ellos. Quiero asegurarme que está dormido, que no siente la angustia que yo siento al ver que el sueño que estoy teniendo se desarrolla en un hospital.

Me acerco tanto a la cama que observo unos cuantos cables salir por debajo de la sábana.

-¿De dónde vienen esos cables?

Aparto la sábana de mi otro yo, mientras sigue apoyado sobre el lado izquierdo. Tengo unas ventosas por el pecho conectadas a unos cables, y estos a una máquina que está al otro lado de la habitación. Me están monitorizando el corazón. La línea sube y baja. Deduzco que todo es normal.

Llevo un vendaje por debajo de la axila que me cubre todo el pecho. Encamino mis ojos más abajo. Estoy desnudo, no me gusta estar desnudo, ni siquiera en casa estoy así. No entiendo la manía de los hospitales por tener a los enfermos como Dios nos trajo al mundo, será muy cómodo para las enfermeras y los médicos, pero deberían pensar en que con ello vulneran la intimidad de los pacientes.

Una venda mucho más fuerte cubre el muslo desde la ingle hasta la rodilla. De la misma sale un tubo, no sé muy bien a donde. Está lleno de sangre. Deduzco debe ser un drenaje o algo por el estilo.

Continúo recorriendo el cuerpo de mi yo dormido. Doy un grito desgarrador al ver que debajo de donde se supone está mi rodilla no hay nada.

-¿Dónde está el resto de mi pierna derecha? ¿Dónde está mi pie?

Salgo corriendo de la habitación. Necesito encontrar una enfermera que me dé una explicación.

El pasillo está alumbrado con una luz tenue. Veo donde pone control. Me planto delante de la enfermera. Le hablo, ella no me escucha. Le paso la mano por delante de la cara, tal vez le pase como a mi duerma con los ojos abiertos. Ni se inmuta.

Suena un pitido. Ella dirige la mirada a unos monitores donde se ven las habitaciones con los pacientes durmiendo. Aprieta un botón. De un cuarto salen en tropel media docena de enfermeras y médicos. Van a la carrera hacia mi habitación. Entran en ella. Les sigo. Quiero saber que está pasando.

Rodean la cama donde mi otro yo duerme. No sé qué están haciendo. Intento que me dejen ver algo más, pero es imposible. Me apoyo contra la pared. Ya se apartarán y me dirán.

Todos hablan a la vez en un guirigay confuso. De repente se hace el silencio en la habitación. El personal sanitario empieza a salir de allí mirando al suelo y sin decir palabra. Solo se queda una enfermera de mediana edad.

Estoy de nuevo tumbado boca arriba. La mujer quita los cables de las ventosas con mucho cuidado. Saca la aguja de mi brazo con delicadeza. Me echa la sábana por encima con mucho mimo, como si estuviera arropando a un hijo. Le agradezco el gesto, no me gusta estar desnudo ante la gente. Me la coloca a la altura de los hombros. Me mira. Me baja los párpados. Me tapa la cara con la sábana mientras dice:

-Una lástima, un chico tan joven.

Galiana

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