El secreto profesional

Siempre me han gustado los pies, los zapatos de tacón de aguja y las medias. Soy un fetichista al uso, lo reconozco, no hay nada de malo en serlo. Cualquiera de estos tres elementos me garantiza la excitación sexual.

El problema surgió en mi consulta. Perdona, no te he dicho que soy psiquiatra. Allí los pacientes suelen tumbarse a contarme sus problemas durante los 60 minutos que dura la sesión. Todo iba bien hasta que ella apareció.

Ella, con sus tacones de aguja de doce centímetros, con sus medias perfectamente ajustadas. Me pidió permiso, alegando comodidad, para tenderse en el diván al revés que todos los pacientes. Esto suponía que los zapatos los tenía cerca de mi rostro, lo cual me perturbaba bastante. Ella alegaba la necesidad de verme la cara para poder relajarse.

Comodidad, ésa fue la dichosa palabra que usó, con la que jugó y con la que me hizo saltarme las normas.

Reconozco que las primeras sesiones escuchaba atentamente su problemática, la cual permíteme no te revele por aquello del secreto profesional entre médico y paciente. Tomaba notas en mi cuaderno y aunque me distraía vagamente con sus tacones y sus pies me mantuve centrado en su patología.

Pasadas unas semanas me pidió, por comodidad, quitarse los zapatos. A partir de ese momento en mi cuaderno empecé a tomar menos notas. Mis ojos estaban clavados en aquellos pies tan magníficamente envueltos en las medias.

En una de las sesiones me preguntó, de nuevo escudándose en la comodidad, si podía quitarse las medias. Me sentí un poco apurado porque en mi despacho no hay un biombo para que ella pudiera despojarse de las mismas con cierta intimidad. Como buen caballero, desde el primer día me giraba cada vez que lo hacía, dándole la espalda, para que ella procediera, después me avisaba cuando estaba tumbada en el diván. Al darme la vuelta, siempre encontraba las medias colocadas en el respaldo de la silla y los zapatos ordenados bajo la misma.

Allí estaba yo con los pies a dos palmos de mi cara observando la perfecta pedicura que llevaban, con aquellas uñas lacadas a juego con las de las manos y del color de los labios.

Ella hablaba y hablaba. Yo dibujaba margaritas en el cuaderno para aplacar los instintos sexuales que sentía agolpados en la entrepierna.

A la tercera sesión de mostrarme los pies se le ocurrió, también por comodidad, que le diera un masaje en los mismos. Esgrimí que aquello no era muy profesional, a lo que ella respondió que en ese caso buscaría otro psiquiatra. No sé por qué extraña razón accedí.

Yo sabía que me estaba extralimitando en mis tareas como profesional, me repetía que el masaje formaba parte de la terapia.

Las siguientes sesiones deseé lamerle los pies, me obsesioné con esa idea. ¿Si ella se daba cuenta podría denunciarme por acoso? Tan absorto estaba en esta cuestión que ni siquiera escuchaba lo que me estaba contando, tan sólo el sonido del avisador diciendo que su visita había terminado me devolvía a la realidad.

Descubrí cuando se marchaba que mi ropa interior estaba húmeda. Lo suficiente como para tener que sacar del cajón una muda nueva antes de dar paso a otro paciente.

Ya, ya sé que eso no es compatible con la ética que debe existir entre médico y paciente por lo que barajé la posibilidad de pedirle que dejara de venir.

Durante semanas mi vida se convirtió en un infierno debatiéndome entre razones para sí y para no, y entonces sucedió.

Una tarde antes que ella tuviera que venir a mi consulta fui a hacer la compra al centro comercial. Estaba en el parking saliendo del coche para dirigirme a la entrada principal. Iba un poco distraído pensando en ella cuando vi aquellos tacones, aquellas medias, aquella forma de caminar tan inconfundible. Coincidimos en el ascensor de la puerta de entrada. Nos saludamos.

No sé muy bien cómo sucedieron las cosas. El caso es que en lugar de ir al supermercado, que es donde debía haber ido, acabamos tomando unos mojitos en la terraza del mexicano. Como bien estás imaginando de ahí la llevé en mi coche a mi casa. Por supuesto esta vez fui yo quien le quité las medias y los zapatos, no me detuve a colocarlos en ninguna parte, por supuesto que le hice un masaje en los pies y se los lamí y seguí pasando mi lengua por las piernas y mucho más arriba hasta aplacar por completo mi excitación sexual.

Al día siguiente no apareció a la hora de la consulta, ni tampoco llamó pidiendo cita para otro día.

He repasado las escasas notas que tenía en mi cuaderno sobre su problema. Creo he comprendido su patología, sé que por comodidad visitará a otro psiquiatra.

Galiana

12 comentarios en “El secreto profesional

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