Un desayuno especial

Me despierto como cada mañana cuando vibra en mi muñeca la alarma del despertador. Salgo de entre las sábanas lentamente, no quiero despertarte. Lo primero que hago es ir a la cocina a poner café para los dos y mientras se hace voy al baño.

Veo que te has vuelto a dejar el dentífrico abierto y dentro del lavabo. Sonrió aunque en el fondo odie tu desorden, lo que sucede es que sí dejarás todo en su sitio me volvería loco.

Cuando salga del baño comprobaré que el café está hecho antes de ir a despertarte. Lo haré despacio y entre risas, como a nosotros nos gusta. Desayunaremos en la cocina como todos los días. Tú lo harás lentamente, te cuesta comenzar el día, hasta que oigas las señales horarias en la radio y entonces empezarás a quitarte la camiseta del pijama y te levantaras de la silla rápidamente e irás desprendiéndote de la ropa hasta llegar al baño tirándola por el suelo. Yo la recogeré, así como las tazas del desayuno y haré la cama mientras te duchas.

Luego me meterás prisa para que me asee y me vista apoyada en el quicio de la puerta con esa pose tuya tan sexy. Yo no sabré si volver a deshacer la cama o qué. Me señalarás la muñeca indicándome que el tiempo se nos echa encima.

Saldré por la puerta de casa con un beso, no volveremos a vernos hasta la hora de comer.

Salgo del baño. Siento un ruido extraño en el salón. Según entro doy la luz. Mi hermana está durmiendo en el sofá. Le pido mil disculpas. Me contesta medio confusa que no pasa nada, que debe levantarse para hacer gestiones.

—He hecho sólo café para dos— le digo — No he recordado que estuvieras aquí pasando la noche. Ahora te hago el tuyo, somos tres a desayunar.

—¿Tres?— Me responde algo confusa.

—Elena, tú y yo. ¿O crees que ella no va desayunar con nosotros?

Pregunta por Elena como si dudará que todas las mañanas desayunásemos juntos.

—¿Quieres venir a despertarla?— Le preguntó con ironía.

Acepta sin dudarlo, aunque tengo la sensación que ella cree que le estoy proponiendo un juego de adolescentes. Mientras caminamos hacia el dormitorio me temo lo peor, ella y Elena no siempre se han llevado bien.

Desde la puerta le susurro su nombre, como todos los días, antes de lanzarme a la cama para besarla. Mi hermana está a mi lado callada. Le indicó que se quede ahí, sin entrar, es un momento íntimo entre nosotros no tiene porque venir a revolcarse haciendo un trío como si fuéramos críos. Me inclino sobre el cuerpo de Elena y en ese momento se enciende la luz. La cama es un revoltijo entre las almohadas, las sábanas y el edredón.

Escucho la voz de mi hermana que entre risas burlonas me dice apoyada sobre la puerta:

—Veo que has vuelto a jugar con la guija.

Galiana

 

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