Sensibilidad a flor de piel

¡Guau! La vida nunca deja de sorprenderme en este maravilloso arte de contar historias. Si los escritores ya teníamos complicado tener que convencer a una editorial para ver nuestros relatos publicados y con ello llegar a los lectores, gracias a los blog este trámite nos lo hemos saltado, ahora nos ha salido un nuevo obstáculo.

Hace unos días recibí un correo en mi ordenador donde una señorita me ofrecía sus servicios como lectora de sensibilidad. Puse la misma cara que tú ahora mismo, no tenía ni puñetera idea de que era eso.

San Google me sacó del apuro. Por lo visto las editoriales denominan así a un grupo de personas que ejercen digamos que de defensor de los lectores.

¿Entiendes algo? Yo tampoco.

Como San Google no me aclaraba la cuestión quise quedar con la señorita que me ofrecía sus servicios para que me explicara, de primera mano, en qué consistían los mismos.

Ella intentó darme lecciones teóricas sobre su trabajo, pero yo, que ya sabes soy siempre más práctica, intenté hacerlo con un par de textos. Así es como salió todo. Ya me dirás sí fue para bien o para mal.

Imagina que estás leyendo un relato donde unos atracadores asaltan un supermercado. Se les va de las manos y termina secuestrando a las cajeras en el interior del mismo. La mayoría de ellas tienen estudios básicos, alguna formación profesional, pero ninguna ha cursado estudios de auxiliar de enfermería. Esto es un detalle importante ya que los en un principio atracadores y ahora secuestradores al verse rodeados por la policía se pusieron nerviosos. Los tipos iban muy preparados con pasamontañas para no ser reconocidos, y unas pistolas muy aparentes que ninguno de ellos sabía manejar, porque total iban a atracar un supermercado no a liarla tan parda como para tener que apretar el gatillo. Una de las chicas se puso un poco flamenca, es lo que tienen los super de los barrios marginales, y el atracador disparó con más miedo que vergüenza, la intención era asustarla, ni siquiera herirla, pero ya sabemos que de buenas intenciones está plagado el camino del infierno. El caso es que la cajera recibió un balazo en el abdomen. Su compañera de curro, sin saber ni coser un botón, se prestó voluntaria para sacarle la bala alojada en el estómago operando sin anestesia, ni bisturí, sin nada de nada.

Llegado a este punto la lectora de sensibilidad, como bien lo había previsto, dijo que la chica del balazo en las tripas debería morir porque su compañera no podía jugar a los médicos en plan heroína. —Sí se me ocurriera escribir un happy end estaría tomando el pelo a los lectores.— Le contesté— Francamente no necesito tus servicios, sin ánimo de ofenderte, mi cabeza me da para ser coherente.

Como no quería pasarme de lista, le puse un ejemplo más sencillo.

Imagina que estoy escribiendo un relato sobre dos mujeres amigas, compañeras de trabajo y de apartamento que regresan a casa con algunas copas de más después de una cena. Entre risas acceden al interior de la vivienda. Cada una de ellas llega hasta la puerta de su dormitorio habitual. Empiezan con risas a desnudarse en mitad del pasillo. En lugar de acceder al interior de sus cuartos respectivos cada vez se van acercando más y más hasta estar completamente desnudas la una frente a la otra. Se dan un beso tímido entre risas, pero el siguiente es apasionado. Una de ellas se queda quieta contra la puerta de la habitación que no es la suya, la otra comienza besarle el cuello, los hombros, los pechos, la entrepierna…

Al llegar a ese momento del relato la lectora de sensibilidad me detuvo y me dijo:

—¡Alto! No puedes seguir describiendo esta escena de ese modo. Después me preguntó por mi orientación sexual. Le dije que soy heterosexual, entonces me incapacitó para escribir sobre relaciones lésbicas.

En lugar de quedarme ojiplática le pregunté:

—¿Eres bisexual?

—No, por Dios ¡Qué cosas tienes!

—Entonces ¿Por qué no está bien escrito?

Galiana

5 comentarios en “Sensibilidad a flor de piel

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