Tomando un café

Sabéis que soy incapaz de negarme cuando los lectores me pedís que quedemos a tomar un café, pero después de lo que me ha pasado a lo mejor tengo que empezar a replantearme la cuestión.

Esto viene a colación por la última vez que quedé con uno de vosotros, la cosa fue más o menos así…

Hace unos días un lector me mandó un mail y me propuso quedar. Me pareció estupendo y así lo hicimos. Yo llegué primero, él justita la hora. Se dio a conocer. Pedimos. Quiso que le firmara mi último libro. Todo de lo más normal. Hasta que…

—No sé cómo vas a explicarle esto a tus lectores, pero tú eres la única persona en la que confío que pueda contar no la verdad, sino mi verdad. Supongo que será mucho pedirte que grabes a partir de ahora nuestra conversación y que una vez yo me entregue a la policía tú hagas lo mismo con lo que yo te cuente.

A partir de aquí empecé a alucinar. No sabía si levantarme de la mesa o seguirle la corriente. Al fin y al cabo me estaba regalando una bonita historia con una preciosa puesta en escena, debo reconocerlo. Le di al record del teléfono y dejé que hablase, para algo una ha sido periodista durante mucho tiempo.

De repente lo que estaba escuchando me sonaba de las noticias. Debo reconocer que los temas de sucesos suelo pasarlos por alto, sobre todo los programas donde lo único que importa es la carnaza y la presunción de inocencia se la saltan desde la primera palabra.

Resulta que el tipo que estaba allí tomando café conmigo, mi lector, al que acababa de dedicarle mi último libro, estaba siendo buscado por la policía por la desaparición de su mujer en extrañas circunstancias. Antes de entregarse quería confesarme a mí, que no me conocía de nada, cómo habían sucedido los hechos, y de paso me metía en aquel follón ya que me confiaba, una vez él se entregase, el tener que llevar la grabación de lo que me hubiese contado.

—Es cierto, como supongo que habrás escuchado en la televisión, que mi mujer y yo llevábamos un tiempo en crisis y que alquilamos una casa rural para pasar el fin de semana. Nosotros queríamos solucionar nuestros problemas. Estos se reducían a que el trabajo nos había distanciado, no había nada más ni terceras personas ni ninguna otra cosa de esas que se están inventando. Ella cada vez estaba más absorta con la investigación que realizaba en el laboratorio, ni siquiera a mí me contaba de qué se trataba. Por mi parte pasaba más tiempo en el hospital, enlazaba una guardia tras otra, supongo que no me apetecía estar en casa sólo. Nosotros nos queríamos, estábamos dispuestos a hacer sacrificios profesionales para salvar nuestro matrimonio. Ella fue la que propuso el viaje, me pareció genial. El sitio se lo había recomendado una compañera del trabajo. Podíamos haber ido en tren, pero fue ella la que prefirió que fuésemos en nuestro coche, es más, quiso que usáramos el familiar, el que utilizamos para las excursiones. Llegamos a la hora de comer. Sacamos el equipaje. Ella quiso deshacer las maletas y yo salí a por leña para encender el fuego porque la casa estaba helada. Volví, encendí la chimenea. Sentí ruido en la parte superior de la casa, deduje que estaba ordenando las cosas que habíamos traído, o haciendo las camas o qué sé yo. Cuando acabé subí a buscarla. No estaba. Miré por la casa, por la parte de fuera, en el interior del coche. La llamé a su teléfono que sonó sobre la mesa, fue entonces cuando me asusté.

Ahí fue cuando pensé que la cosa se ponía interesante.

—La policía desde el principio trató el caso de mi mujer como una desaparición voluntaria ya que faltaban sus cosas del equipaje, pero yo te aseguro que mi mujer no se fue, no me abandonó.

Cuando la policía acudió a su trabajo se descubrió que nadie conocía que nosotros nos hubiéramos ido a pasar el fin de semana a la casa rural. La compañera de la que me había estado hablando, la que le había recomendado el sitio, no existía.

En ese momento pensé que, si entre ellos ya no funcionaba la relación, tal vez su mujer no quería cargar con el reproche de por vida.

—Al no existir compañera de trabajo, la policía pensó que yo me lo había inventado todo. Desde ese momento cambió el concepto, el tema ya no fue tratado como una desaparición voluntaria, yo pasé a ser el principal sospechoso de la desaparición de mi esposa.

Lo primero que se me pasó por la mente fue que cómo ella no apareciera, mi lector lo tenía jodido.

—Mírame, estoy aquí sentado contigo en una cafetería llena de gente. No nos conocemos de nada, te estoy confiando mi vida, y te aseguro que no tengo ninguna razón para haber hecho desaparecer a mi mujer.

Sinceramente yo no sabía qué decirle, el hecho de haber escrito relatos de crímenes no me faculta para saber si una persona es culpable de algo así. Le pregunté si quería decir alguna cosa más a lo que me contestó que iba a seguir con su confesión si a mí no me importaba, y yo encantada de la vida.

—La policía me interrogó acerca de un compañero de trabajo de mi mujer, no pude darle ningún tipo explicación porque ella nunca me había hablado de él. Me enseñaron fotografías de los dos entrando y saliendo de hoteles con registros a nombre de ella y cargados a su tarjeta de crédito. Todo es mentira. Los días que aseguran que ella estaba allí, sufría un aborto en el hospital donde yo trabajo; su historia clínica respecto de esa causa ha desaparecido.

Ya sé que lo que te estoy contando en parte ya lo has visto en la tele con el titular: “Se ha entregado el médico cuya mujer, investigadora de un laboratorio, había desaparecido en extrañas circunstancias”.

La grabación se la entregué a la policía tal y como le prometí al lector, porque para mí siempre seguirá siendo un lector. Ahora estoy metida en un marrón de cuidado.

La próxima vez que uno de vosotros quiera quedar a tomar café conmigo tal vez me lo piense. O no.

Galiana

 

13 comentarios en “Tomando un café

  1. Hola:
    Quedé impactado. Confieso que poco antes de acomodarme bien para leer juraba que tu lector declararía su amor. Pero me atrapa el relato cuando descubro que el sentido común me mandó a otra ruta. ¡Qué historia! Menos mal que no se trató de un sicópata. No la hubieras contado. Cuídate de este tipo de citas. O vé con guardaespaldas. ¿Será tu próximo libro? Primera vez que leo que la historia, la trama, el plateamiento, el nudo, el desenlace, en fin, esas fases literarias difíciles, le toca el timbre a la escritora. Me encantó tu post. Fuerte abrazo. 🇵🇪

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