El pecado

La otra tarde se acercó hasta el confesionario un hombre cuya voz denotaba en su tono cierta madurez.

—Padre, nunca me he confesado porque nunca he sabido qué es realmente un pecado. Me gustaría que usted me lo definiera, y así, tal vez, yo pudiera saber si tengo algo que confesar.

Le pedí, si le parecía más oportuno, que en lugar de hablar a través de la celosía del confesionario lo hiciéramos sentados en uno de los bancos de la iglesia. Así lo hicimos.

Como yo bien había imaginado por el tono de su voz no aparentaba tener más de cincuenta y cinco. No le pregunté su nombre, no me pareció importante. Fue educado y cortés. Me pareció un hombre tranquilo, pausado, de movimientos coordinados, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Un pecado —traté de explicarle —a mi modesto entender, es toda aquella acción innecesaria que realizamos contra otra persona de manera consciente, a sabiendas que estamos hiriéndola de algún modo.

Permaneció en silencio, reflexionando sobre mi respuesta. Yo no quise intervenir, esperé pacientemente sentado a su lado la respuesta casi un cuarto de hora.

—Según usted —respondió sin levantar los ojos del suelo —toda aquella acción necesaria y consciente aunque sea hiriente realizada contra otro no sería pecado. Lo cual me lleva a plantearle una nueva cuestión: si la acción innecesaria, consciente e hiriente fuera contra uno mismo ciertamente no sería pecado, tan sólo sería una estupidez que por lo tanto no debería ser objeto de confesión.

Acto seguido, sin que me diera tiempo a reaccionar se levantó rápidamente y se marchó sin esperar mi respuesta.

Galiana

13 comentarios en “El pecado

  1. «Güeno», reconozcámoslo, a estas horas en las que no soy persona —hasta las once u once y media nada; luego me entra hambre a partir de las doce y cuarto y tampoco: hay ahí un intervalo mágico de tres cuartos de hora que… bueno que me enrollo— me he tenido que leer algún párrafo dos o tres veces. Espeso que es uno. Quitando tal incidente que es sólo responsabilidad del escaso celebro del lector, confieso que soy más de estulticia.
    Pero como decía mi abuela, y aquí me hago un «Sancho Panza»:
    Quejarse es pecado, pero no pedir es de pobres.

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