La mantis

De ella decían que siempre fue ácida. Esa acidez característica que solo se obtiene con el regusto que queda después de vomitar tras una borrachera de alcohol barato, mezclada con demasiado tabaco y los besos de alguna fulana de la que no recuerdas ni su nombre.

No voy a negar que fuese avinagrada ya que sería un estúpido si lo hiciera, pero cuando quería, aunque fuera muy de vez en cuando, podía ser tremendamente tierna. Su ternura no era como tú y el resto de la gente os podéis imaginar, porque ella tampoco era una mujer al uso. Definir su delicadeza es complicado, no tenía nada que ver con la de los bebés que duermen plácidamente en su cuna, ni con la de un adolescente enamorado por primera vez, más bien podría parecerse a la de los adultos que sabiéndose moribundos quieren despedirse de los suyos siendo conscientes que tras su marcha dejarán una guerra encarnizada por su herencia. Tampoco importa mucho si era afectuosa o no porque ya te he dicho que lo suyo no era el amor.

Quienes presumían de conocerla, lo hacían sin tener ni puñetera idea de cómo era, pero se apresuraban a definirla como una mujer con carácter. La palabra carácter aplicado a una mujer engloba todo y nada, viste mucho, pero  significa “cuidado, peligro, esa mujer no te conviene”. Los que querían ser benévolos con ella tan sólo decían que tenía mal genio y lo achacaban a su infancia. Cierto que su niñez estuvo marcada por la muerte de sus padres y hermano en extrañas circunstancias, pero aquello no la hizo ser como era, áspera, seca, fría y distante, adjetivos todos ellos que la definían bastante bien. Ella era de esas personas que nacen con el carácter de determinada manera y mueren de esa misma manera.

Para explicar cómo era podría usar los calificativos que algunos padres no quieren para una hija, que ningún hermano querría en su hermana, que ningún idiota enamorado querría en su amante. Quizá por eso todos encajarían en su forma de ser, pero de nada te serviría porque por mucho que yo te avisara del peligro que podrías correr, tal y como las gentes del pueblo hicieron conmigo, caerías en la misma trampa que yo, la mirarías a los ojos y estarías perdido.

Aquellos ojos tan profundos, que observan todo con tanta delicadeza, con tanta calma, tan infinitamente bellos, son su arma más mortífera, más letal. Combina su mirada con una sonrisa enigmática, distante y cercana a la vez, de la que no puedes escapar por mucho que te lo propongas.

Lo más curioso de todo esto es que no te das ni cuenta de donde te has metido. Para cuando quieres reaccionar es demasiado tarde, ya ni quieres irte ni tampoco puedes. No eres más que una presa a punto de ser devorado por la mantis.

En ese momento desearías que hubiera sido ácida, áspera, seca, dura y fría como te dijeron la mayoría de quienes decían conocerla, pero no. Ella es cruel, siniestra, perversa y ha convertido tu vida en algo tan sumamente amargo que imploras a los dioses te concedan el deseo de acabar con tu existencia lo más rápido posible.

Galiana

7 comentarios en “La mantis

  1. Quienes de verdad la conocían ya no están presentes en este mundo para decirte como era Ella. Igual que una mantis sus víctimas, aparentemente muertas por causas naturales, eran su despensa económica; para cuando, sus naturales e hipnóticos atributos, empezaran a marchitarse y ya no fuera tan solícita entre los varones.

    Saludos Galiana ✋

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