Ella ha muerto

Vaya fea costumbre que estáis cogiendo los lectores de pedirme un relato sobre una temática concreta. Ya sabemos que quien no llora no mama, y a mí nunca se me dio bien eso de aplicar contra el vicio de pedir está la virtud de no dar.

Ella está muerta. No debería decírtelo porque todavía no he avisado a la familia ni tampoco sé cómo hacerlo. Tendría que hablarles del único testigo presente cuando ella falleció y, aunque no te lo parezca, es complicado de explicar.

Quien observó su agonía no va a relatar ante nadie cómo sucedieron los hechos. Ni cómo no hizo nada por impedir que sucediera, ya que esto último está justificado por su avanzada edad. Por todo ello, y por el momento, me reservaré identificarle aunque no descarto la idea de hacerlo.

Te contaré lo que sé, no me pidas más, porque si no tendría que mentir y siempre se pilla a los mentirosos más que nada porque para serlo hay que saber hacerlo y casi nadie sabe.

Llegué a casa algo más tarde de lo habitual, el tráfico se pone imposible cuando llueve. La encontré tendida en el suelo. Estaba fría. Llamé al 112. Los sanitarios tardaron lo suyo, es tan relativo lo de mucho o poco… todo depende de las ansias que uno tenga porque hagan acto de presencia. Una vez allí se limitaron a certificar su muerte, a llamar a la policía. Es de suponer que tienen un protocolo de actuación ante casos como éste.

La policía tardó menos en llegar que los sanitarios, o eso me pareció a mí. Acudieron en compañía de un médico forense. Éste, una vez examinado el cadáver, llamó a un juez. Quien se personó ya casi de amanecida. Para cuando había dejado de llover se ordenó el levantamiento del cadáver.

El forense confirmó que la muerte se había producido tal y como habían indicado los sanitarios. La policía avaló la teoría del médico forense certificando que sobre el mostrador de la cocina había un plato de aceitunas, una botella de vino abierta y una copa que contenía el vino que faltaba. El juez estuvo de acuerdo con todos ellos.

En cuanto al testigo, nada pudo decir que ratificase las teorías expuestas por los sanitarios, los forenses, la policía o el juez. Los únicos ojos que vieron lo que sucedía fueron los de nuestro perro de doce años, cuya existencia habíamos ocultado a la familia dada mi alergia a estos animales, y cuya presencia ella me había impuesto como casi todo desde que habíamos iniciado nuestra relación.

En el certificado de muerte consta que se asfixió con un hueso de aceituna. En el certificado de la investigación que se llevó a cabo, lo habitual en estos casos, se expresa, con claridad, que al estar sola en la vivienda nadie pudo hacer nada por ayudarla.

Una vez que el caso está cerrado, que no hay ni la más mínima sospecha, ni indicios de que su muerte fuera producto de un acto violento me atrevo a confesar.

Confieso lo difícil que fue conseguir que la mujer que me estaba amargando la existencia se atragantara, en contra de su voluntad, con un hueso de aceituna. Por el contrario me resultó extremadamente fácil engañarles a todos.

Galiana

16 comentarios en “Ella ha muerto

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