Insomnio

El negocio de inventar historias de ficción provoca un serio y grave problema para la salud, sobre todo cuando tu relación con Hipnos es inexistente.

Daría lo que he vivido en esta vida, lo que me queda por vivir y lo que tenga a bien depararme la siguiente porque alguien hubiera tenido la delicadeza de presentarme al dios del sueño. De haberlo conocido le hubiera seducido de tal manera que jamás se hubiera ido de mi lado. Es más seguro que nos hubiéramos asociado, especialmente en la cama y en horario nocturno que dormirse en el Metro y cuando el sol brilla está mal visto.

Dado que mi relación con Hipnos ni está ni se la espera me veo en la obligación de invertir mi tiempo nocturno en algún tipo de ritual, que no recuerdo bien quien me aconsejó, para que aparezca.

Todo comienza sirviéndome un vaso de leche caliente con Cola-Cao, el de toda la vida, ése que no se disuelve si la leche no está casi a punto de ebullición. Una vez me lo he tomado me tumbo en la cama, entre las sábanas en verano y bajo el edredón mullido y calentito en invierno. A renglón seguido comienza mi baile con la almohada, nos marcamos un vals, un tango y todo lo que haya que marcarse para, una vez saturadas de tanta vuelta, quedarnos cada una en un lado de la cama aborreciéndonos la una a la otra.

Para reponerme del baile me quedo tumbada bocarriba mirando el techo durante un par de minutos que se me hacen eternos. Harta de la negrura sobre mi cuerpo me giro, cojo el móvil y empiezo a toquetear la pantalla. Me paseo por las redes sociales, leo artículos, textos, lo que encuentro. La intención es cansar la vista, pero no, mis ojos se han acostumbrado a leer en la más absoluta oscuridad y se enganchan a cualquier cosa que tengan delante, incluso aquello que es aburrido y malo hasta decir basta.

El reloj de la mesita de noche se ilumina a eso de las tres. Hora de levantarse, ir a la cocina y preparar un café. Con él humeante, como a mí me gusta, me siento delate del ordenador por si la inspiración estuviera de parranda y juntas pudiéramos terminar la noche sobre las seis de la madrugada, más o menos, en amor y compañía.

Esta ha sido mi rutina nocturna hasta hoy. Todo parecía un calco de la noche anterior, y de la anterior y desde que puedo recordar, hasta que a eso de las tres me levanté para ir a la cocina a por mí café.

Me llamó la atención que me hubiera dejado la luz del salón encendida, con lo que me jode hacerlo. Allí había un grupo de personas sentadas en el sofá a las que no tenía el gusto de conocer y, por supuesto, jamás hubiera invitado a mi casa, porque soy de las que creen que la morada de una es un sitio inexpugnable para el resto de la humanidad. Todos me miraron como si me estuvieran esperando. Me invitaban a sentarme a su lado y a departir en amigable conversación.

Fui al baño, siempre que me pongo nerviosa me entran ganas de ir. Una vez hube desocupado la vejiga me lavé las manos y la cara. Sin salir del aseo tomé el café aún caliente que había dejado sobre el lavabo. Fui al salón, las personas habían desaparecido. Tuve la necesidad de tumbarme para cerciorarme que todo estaba como tenía que estar y entonces sucedió.

Alguien, no recuerdo quien, me presentó a Hipnos.

Galiana

23 comentarios en “Insomnio

  1. Es una faena eso de no poder dormir, siempre que sea algo que moleste. Si eres de esas personas que duermen poco pero, a cambio, eres productiva durante esas horas… tiene un pase. Pero no conocer al señor hipnos… con lo plomazo que es… Tanto que su conversación provoca somnolencia.
    Si yo veo en mi salón, aunque sea de modo ficticio, un grupo de gente en mitad de la noche, no solo no me da el sueño sino que me lo quitan para los restos 🙂

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  2. Bueno, pero a veces en la noche o en la madrugada es cuando algunos se ponen creativos.

    Te comparto este poema de un compatriota mío. Saludos.

    ALTA HORA DE LA NOCHE

    Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
    porque se detendrá la muerte y el reposo
    Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,
    sería el tenue faro buscado por mi niebla.
    Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.
    Pronuncia flor, abeja, lagrima, pan, tormenta.
    No dejes que tus labios hallen mis once letras.
    Tengo sueño, he amado, he ganado del silencio.
    No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto
    desde la oscura tierra vendría por tu voz.
    No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre,
    cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre.

    Roque Dalton.
    (1935 – 1975)

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