El Retiro

Paseo a diario por el Retiro porque allí encuentro una fuente inagotable de inspiración, los escritores somos así, qué le vamos a hacer.

Suelo sentarme siempre en el mismo banco, y no, no es cerca del lago por si estás pensando mañana en hacerte el encontradizo conmigo. Por cierto, tampoco voy a decirte a la hora en qué lo hago, no porque no quiera que nos veamos, sino porque el paseo es de obligado cumplimiento pero la hora depende de los quehaceres que tenga.

Esta mañana mi banco, en el que siempre me siento porque siempre esta vacío, estaba ocupado por una niña de unos nueve años. Me llamó la atención que llevase el pijama que suelen tener los niños ingresados en el hospital infantil cercano. La pequeña estaba concentrada en la lectura de un libro del que, desde donde me encontraba, no podía ver ni la portada ni el título.

Decidí sentarme a su lado, a riesgo que alguna mente sucia pensara cosas feas sobre ver como un adulto se acerca a un solitario niño en un parque. Le pregunté:

-¿Qué lees?

Nunca antes había escuchado el título ni tampoco al autor, pero una aunque lee bastante no conoce ni a una décima parte de sus colegas de profesión. Ya me gustaría, ya.

La curiosidad por saber de qué iba el libro me pudo. Ahora, la respuesta que me dio me dejó perpleja.

-Da lo mismo cual sea la trama que tenga, lo importante es que gracias a la lectura conozco personas que de otro modo jamás llegaría a conocer.

Sé que a muchos la frasecita les parecerá de lo más repipi, pero a mí no. No, porque algo parecido le espeté a mi madre cuando entraba en mi cuarto por las tardes, cuando yo tenía nueve años, y me daba la charla con que debía leer menos y bajar a la calle a jugar más con otros niños.

Pensando en eso estaba cuando la pequeña se levantó y se fue despidiéndose de mí educadamente.

Tan descolocada me había dejado que nada más perderla de vista me levanté y me puse a caminar.

Llamó mi atención una adolecente apoyada en un árbol, posando como una modelo. Mire a su alrededor para cerciorarme que no había por allí una sesión de fotos que pudiera estropear cruzando por el tiro de cámara. No vi nada, con lo que me detuve a observar a la joven.

Me recordaba a la Lolita de Nábokov, tan insultantemente joven como provocativa, sabiendo que despierta el interés sexual de alguien mayor con quien coquetear con descaro, sin ofrecer nada más que eso y sin que el adulto pueda aspirar a otra cosa que no sea conjugar los verbos mirar e imaginar.

Volviendo a casa pensé en la niña y en su libro. Necesitaba encontrarlo y leer para volver a ese tiempo en el que conocía gente.

Galiana

18 comentarios en “El Retiro

  1. ¡«Burutal» y tal!
    Bien recuerdo cuando una persona bastante culta —parece mentira— me decía que no leía más porque perdía tiempo de vivir… No diré que no, porque jamás probé a leer menos. Tampoco diré que sí, aunque leía en todos lados —menos en el retrete: jamás he podido leer en tal sitio— y vivía aventuras en todo el universo.
    Me ha gustado el poder evocador de todo el relato, los personajes, incluso la adolescente figurante, y el comienzo del paseo.

    Me gusta

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